Demencia, de Berton Roueché

Este reportaje hace parte de: Heridas Incurables, de Berton Roueché, narraciones de investigación médica de casos ocurridos en Nueva York, Editorial Molino, Barcelona, 1966. La traducción es de Miguel Giménez Sales. El reportaje original fue publicado en la revista The New Yorker: Berton Roueché, Anales de la Medicina, "Lost", The New Yorker , 19 de junio de 1954, p. 33. La presentación por Stanislaus Bhor.
[ Presentación ]
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Le llamaré Uhlan, Walter Uhlan. La fecha fue el 29 agosto de 1950, martes, y la hora, poco después de mediodía. Éste, según pudo recordar luego, fue el momento de la urgencia. Fue entonces cuando su conciencia sea agitó y avivó, encontrándose de pie delante de la librería Doubledayen en el andén de Long Island de la estación de Pennsylvania. Era alto, ligeramente encorvado, llevaba gafas, polo azul, pantalones castaños de gabardina y una chaqueta de mezclilla sobre el brazo; contaba treinta y nueve años. Durante unos minutos, Uhlan se había dado cuenta de una extraña sensación de confusión e irrealidad. Ahora, casi con un repentino estremecimiento, comprendió el motivo. No sabía quién era, dónde estaba ni que hacía aquí.
La pérdida de memoria es el familiar fenómeno conocido como Demencia. Invariablemente se manifiesta como una perturbación en los procesos esenciales que componen la biblioteca mental. Éstos incluyen la rápida recepción, la ordenada conservación, y la adecuada reproducción de las impresiones mentales. Como la mayoría de las aberraciones cerebrales, las causas posibles son infinitas. Todas las amnesias, no obstante, por proceden de una u otra de dos diferentes causas. Tienen sus raíces en una debilidad orgánica o funcional. De éstas, la abstinencia de origen orgánico es la más frecuente. También es la menos intensa, y menos difícil de investigar. La causa inmediata de la amnesia orgánica es una languidez neural que torna al cerebro temporalmente incapaz de retener y reavivar los estímulos. La amnesia orgánica no es en sí misma una enfermedad, aunque en el sentido del vocablo, sí es un síntoma de enfermedad. Es, únicamente, un corolario más o menos insignificante de un trastorno psicológico (una infección aguda, un ataque epiléptico, una convulsión metabólica), o de un golpe en la cabeza.
El alcance de la amnesia funcional es proteico (puede oscurecer en parte por completo la memoria), y su plazo es impredecible (puede durar un día, una semana o varios meses). Está causada no por un trastorno mecánico sino por el descenso de un bloqueo emocional. Su forma más grave, que la ciencia llama fuga, abarca tres fases clásicamente dramáticas. La primera es un breve intervalo de completa disociación, harto parecida al sonambulismo. Eventualmente, se ve seguida por un periodo de olvido disminuido, en el que solo ciertos hechos y sucesos quedan fuera del recuerdo de la víctima. El período final, que puede ocurrir espontáneamente como resultado de una manipulación psiquiátrica, es el retorno a la completa consciencia. Pero, sea cual sea la punta, un ataque de amnesia funcional del tipo fuga raras veces es susceptible de ser explicado rápida o tranquilizadoramente. En casi todos los casos, incluyendo el de Walter Uhlan, refleja la presencia de una psiconeurosis torturante –una incapacidad constitucional para afrontarlo rigores de la realidad–, cuyos principios residen profundamente enquistados en los complejos de lo pasado.

Uhlan era sólo un chiquillo. Hijo de Rufus Uhlan, un contable empleado en una ferretería, y de Grace Thompson Uhlan, la menor de las seis hijas de un veterinario de Manchester, Nueva Hampshire, había nacido en un piso del sur de Boston el 18 junio de 1911. Diez meses más tarde, en la primavera de 1912, la señora Uhlan  comenzó a padecer de leucemia aguda, muriendo a las cinco o seis semanas. Durante la enfermedad, Walter fue sacado de casa y cuidado por una tía, hermana mayor de su madre, viuda y sin hijos, con una buena pensión, que vivía en la misma calle. La muerte de su madre prolongó la estancia en el hogar de la tía. Permaneció allí, mimado por su protectora y casi completamente olvidado por su padre hasta su cuarto cumpleaños. Rufus Uhlan ya había vuelto a casarse, y en julio de 1915, habiendo persuadido a su esposa a que se sintiese madrastra también, se trajo a su hijo de nuevo al hogar. Walter pareció todo un mes de añoranza tan intensa que todavía lo recuerda con angustia. Luego, una tarde, se escurrió del piso, corrió calle abajo y fue a refugiarse los brazos de su tía. Al cabo de una hora de lágrimas, besos y mimos, ella lo devolvió otra vez a su casa. Aquel fue su primer intento. A los seis años habría huido a casa de su tía al menos una docena de veces. Finalmente, se convocó una especie de consejo de familia. Si afrontar los hechos, se consultó la conveniencia, y eventualmente quedó solventado el problema. A principios de 1918, Uhlan fue enviado de nuevo a casa de su tía. Durante varios años pasó todos los domingos con su padre, saliendo a veces juntos. Luego, a medida que fue pasando el tiempo, sus encuentros fueron cada vez menos frecuentes. A finales de 1930, Rufus Uhlan fue trasladado por la compañía en que trabajaba a Chicago. Su hijo no volvió a verlo jamás.
Uhlan a la sazón contaba diecinueve años. Se había ya graduado de la escuela superior, había pasado un solo año en la Universidad de Boston y se mostraba incansable en busca de empleo. Lo activo a la primavera siguiente, como encargado de pedidos en una sucursal de una empresa gigantesca. Fue lo mejor que encontró, y se portó muy bien. Durante el transcurso de los diez años siguientes, pasó de aquel empleo a viajante y luego a ayudante del director del departamento de confección. Pero, junto con la responsabilidad del cargo, reapareció su inquietud. Al cabo de dos años de labor ejecutiva siempre en tensión, dimitió de su empleo, consultó con su tía y decidió estudiar leyes. En otoño de 1941, volvió a matricularse en la Universidad de Boston. Su segunda aparición en las aulas duró sólo seis meses. En febrero de 1942 su tía sufrió una trombosis coronaria y su sobrino abandonó los estudios para atenderla. La buena mujer falleció a mediados de mayo. Dos meses después, Walter ingresó en el Ejército.

Uhlan se aplicó en el Ejército como lo había hecho en el trabajo, con el mismo resultado. Al fin del periodo de instrucción, fue reconocido como oficial en potencia y, debido a su experiencia como comerciante, enviado a la escuela Quarter Master de Camp Lee en Virginia. Durante las diez primeras semanas de un cursillo de tres meses se mostró como un excelente y ardoroso alumno. Luego ocurrió un accidente. Una tarde, mientras estaba demostrando su destreza para mandar un pelotón en orden cerrado, escuchó el rumor de que un general que acababa de regresar del norte de África se hallaba entre los observadores de la tribuna. La reacción de Walter Uhlan fue instantánea y sorprendente. Gritó una orden, trató de rectificarla, dio otra y finalmente se quedó mudo de pánico. Sus hombres tropezaban con una valla. Uhlan dio media vuelta y salió corriendo como un loco del campo de instrucción. Un oficial que fue a investigar lo descubrió unos minutos más tarde, tumbado sobre su camastro, llorando angustiosamente. Esto sucedió en febrero de 1943. En octubre siguiente, después de un régimen de descanso y rehabilitación psicológica en el hospital militar Walter Reed de Washington, quedó honorablemente separado del servicio con un certificado de incapacidad.
Uhlan volvió a la vida civil gozando de buena salud, pero de ánimo bajo. No tenía proyectos ni perspectivas, y escaso dinero. Asimismo, muerta su tía, no tenía lazos en ninguna parte. Durante los meses siguientes fue derivado de un lugar a otro: Filadelfia, Baltimore, Nueva York, pasando de un empleo a otro sin rumbo fijo. El mes de abril lo encontró en Boston. Allí, una noche en un bar de Scolly Square se tropezó con un amigo. Pronto se puso el claro que también el amigo se hallaba solo, ocioso e inquieto, y ambos jóvenes pasaron una larga velada charlando y bebiendo cerveza. De madrugada se separaron, deseosos de emprender juntos algún negocio. Aquel anhelo se reavivó en un segundo encuentro. Al final comenzó a aflorar un prometedor proyecto. A principios de abril lo había lo habían inaugurado ya: un servicio de personal, destinado a proporcionar a las industrias bélicas hombres adiestrados en su mantenimiento. Era una modesta idea, pero muy a tiempo, y en realidad única. Abrieron una oficina, dieron vueltas por las fábricas locales y esperaron. La respuesta fue altamente satisfactoria. Antes de concluir el año, habían con contactado a varios clientes desde Maryland al Maine, y estaban recorriendo el país en busca de nuevos reclutas. Pero a medida que pasaba el tiempo y el negocio prosperaba, el entusiasmo de Uhlan se iba desvaneciendo. Finalmente, a fines de 1945, volvió ya a sentir la familiar añoranza del cambio. Vendió su parte del negocio, se embolsó las ganancias y de nuevo partido sin rumbo fijo.


Esta vez, Uhlan decidió quedarse en Boston. El encanto duró casi un año. Terminó bruscamente en una fiesta, una tarde de diciembre de 1946. El motivo fue una joven. Vivía en el sur de Boston, donde su padre, viudo, regentaba una mercería. Ella tenía un empleo en una agencia de publicidad en la calle limón, y supongamos que se llamaba Mildred Morris. Walter Uhlan se enamoró a primera vista. Su asedio fue rápido y triunfal. Él y la señorita Morris anunciaron su compromiso en febrero de 1947, y el diecinueve de mayo se habían casado. Diez más tarde, tras una semana de luna de miel en Nueva York, en el hotel San Moritz, en el distrito Central Park South, se instalaron confortablemente en un hermoso piso cerca de Franklin Field. Mientras tanto, inspirado por el amor o la necesidad, Uhlan había dejado de ir de un empleo a otro y volvía a tener un negocio propio. En marzo había concebido y puesto en movimiento un servicio de bordados de monogramas. Como la agencia de empleo, emprendió el asunto otra vez con gran apasionamiento. Durante la primavera de 1947 sirvió gran cantidad de pedidos. Luego, al llegar el verano, comenzaron a disminuir. Uhlan se dijo que se trataba de un bajón temporal. Pero no fue así. El otoño todavía fue peor. Con el resto de sus economías consiguió resistir hasta Navidad. Entonces, se le cerró el crédito. Uhlan efectuó la aparición final en la oficina el 28 enero 1948. A la mañana siguiente rehúso levantarse. Dijo que no podía. Sintió un dolor de cabeza paralizante, afirmó que era un fracasado desde el momento en que había nacido y estalló en sollozos. Un doctor, avisado por su asustada esposa, llegó a medio día y lo encontró enterrado entre las mantas de la cama, sollozando, quejándose y agitadísimo. Tras tomarle la temperatura y conocer su historial, el doctor le administró un sedante y sugirió una consulta con un psiquiatra. Dio el nombre de un distinguido colega. A principios de abril, gracias a la recomendación del psiquiatra, Uhlan fue admitido en un sanitario suburbano para observación y tratamiento. La señora Uhlan volvió a su anterior empleo y a vivir con su padre.
La segunda inmersión de Walter Uhlan en psicoterapia, duró algo más de seis semanas. Fue dado de alta, razonablemente normal, a finales de la semana de mayo. Volvió junto a su mujer, la cual continuó trabajando, alquilaron un nuevo piso y al momento él se dispuso con frenesí a buscar un nuevo empleo. No lo halló inmediatamente. Lo malo era que no sabía lo que quería. Sus esfuerzos se veían inutilizados por sus anhelos contradictorios. Estaba decidido a distinguirse en algo, pero le faltaba valor para exponerse a otro fracaso. Todavía estaba buscando algo aceptable cuando el azar resolvió su problema. Poco después del día de Acción de Gracias su suegro sufrió un ataque de hipertensión cardiovascular. No fue fatal ni quedó tullido, pero sí peligrosamente agotado. Lo que necesitaba, según opinión del doctor, eran varios meses de descanso, con preferencia en un clima suave. La señora Uhlan hizo lo que pudo. Abandonó toda idea de dejar el trabajo y arregló las cosas para que su padre pudiera pasar el invierno con un primo en Dover, Delawere. Mientras tanto, sugirió ella, Uhlan podía encargarse de la mercería. A Uhlan la proposición no le hizo ninguna gracia. Pasaría lo mismo que en sus anteriores negocios, sino peor. Era algo más inquietante que lo del Ejército. Le ofrecía grandes responsabilidades, pero nada que pudiese satisfacer su ambición. Tampoco podía negarse. Además, era algo solo temporal. Al fin, aunque muy reacio, aceptó encargarse del establecimiento.
En su nueva situación, Uhlan abrió la tienda a las nueve de una mañana. Durante cinco días por semana, de lunes a viernes, cerraba a las ocho de la noche. Los sábados tenía abierto hasta las once. Ésta había sido la costumbre del señor Morris, su suegro. Uhlan tenía que seguir con el mismo programa. Durante las primeras semanas, en los intervalos libres que le dejaban los parroquianos, se dedicó a familiarizarse con las existencias de la tienda. Después, en los mismos intervalos, comenzó a recostarse contra el mostrador y a esperar... esperar a que la primavera le devolviese al señor Morris, ya repuesto. En junio, la señora Uhlan recibió una misiva del médico que cuidaba a su padre en Dover. El señor Morris había sufrido una recaída y era aconsejable que se quedase en Delaware todo el verano. Uhlan suspiró hondamente. En septiembre, el doctor volvió a escribir. Era un riesgo para el señor Morris reintegrarse al trabajo. Quizás unos cuantos meses más de descanso lo dejarían otra vez completamente recuperado. Dos semanas más tarde, el siete octubre 1949, hubo otra misiva de Dover. El señor Morris había sufrido otro ataque. Sin embargo, no había motivo para una alarma en modo particular. En realidad, salvo cierta dificultad en la articulación de las palabras y una parálisis parcial en su brazo izquierdo, se había recobrado con rapidez. Pero naturalmente, había que darse cuenta de que en tal caso, la vuelta al trabajo resultaba poco menos que imposible en tales circunstancias. Uhlan dejó la carta y tragó saliva. Había comprendido claramente lo que significaba. Su estómago se le contrajo de pánico. Estaba atrapado.


Cuando Uhlan volvió en si la tarde de agosto de 1950 y se encontró sin saber cómo se llamaba y perdido en las profundidades de la estación de Pennsylvania, su primera reacción fue de pánico. Durante un momento permaneció inmóvil. Luego divisó un cartel: “octava avenida, metro subterráneo todo seguido”. Al instante le abandonó el pánico.
«Sabía dónde estaba yo –afirma –. En la octava avenida, y un subterráneo sólo podía significar que estaba en Nueva York. Bien, Nueva York era una ciudad muy conocida por mí. No me hallaba, por tanto, completamente desamparado. Lo siguiente que recuerdo es que estaba andando... y el calor que sentía. Nunca había sentido tanto calor. La camisa estaba empapada por el sudor. Quizás había estado corriendo. Me hallaba en una calle, y sentí la vaga sensación de que había estado intentando huir de algo, o mejor, que había huido de algo. No me sentía ya nervioso y asustado. Lo que me sentía era aliviado. Entonces, busqué una cabina telefónica. Cogí el listín. Era de los clasificados y lo abrí por la sección de los hoteles. Me hallaba cansado y deseaba darme un baño y descansar. Elegí un hotel en la parte oeste de la calle Cuarenta, cerca de Broadway. Al menos, fue el que elegí de primera intención. Pero solo estuve un minuto. Me dieron una habitación muy sucia. Tenía una alfombra raída y la cama parecía caerse de puro vieja... al menos me dio esa impresión. Bajé a la recepción y pedí que me devolvieran el dinero. Como no llevaba equipaje había tenido que pagar por anticipación. El empleado se negó. No discutí. En realidad, no tenía importancia. Me marché y me fui al Taft, un par de bloque más abajo. Allí me dieron una habitación que me pareció adecuada. De todas formas, fuese como fuese, me la quedé. Recuerdo haberme contemplado en el espejo de baño. En cierto modo me sentía curioso. Todo lo que recuerdes es haber pensado que fuese yo quien fuera, y viniese de donde viniese no llevaba mucho tiempo sin saber quién era. Por el aspecto de mi barba me había afeitado aquella misma mañana, mis pantalones estaban bien planchado y mi camisa razonablemente limpia. Pero en aquellos momentos no sentía un gran interés. Me hallaba demasiado agotado. Me dejé caer en la cama y al instante me quedé dormido. »

Las deducciones de Walter Uhlan resultaron ser correctas. No había perdido el sentido mucho rato. Sus vagabundeos solo habían durado una semana.
«Walter se marchó de casa a las ocho –dijo la señora Uhlan–. Era algo temprano, pero no me sorprendió. La noche antes nos habíamos puesto de acuerdo en que él se desayunaría camino de la tienda. Aquella semana yo tenía vacaciones y deseaba dormir hasta tarde. Bien, oí cómo se marchaba, volví a dormitar y eran ya las nueve cuando me levanté finalmente. Todo parecía perfectamente normal. Sus cuchillas de afeitar estaban en el cuarto de baño, como de costumbre, y hallé su piyama en donde siempre... en el suelo, junto a la cama. Me vestí, desayuné y limpié la casa. Luego bajé a la calle e hice la compra. Cuando volví, pensé que era una buena idea llamar a la tienda y darle los buenos días a Walter. Debían ser las diez y media. Llamé, pero el teléfono se limitó a repiquetear. No hubo respuesta. Decidí que seguramente habría salido un momento. O bien, que estaba ocupado con un parroquiano.
»Volví a llamar a las once. Sin respuesta. Esperé unos minutos y lo intente de nuevo. El mismo resultado. Bien, esto era peculiar. Llamé a la operadora. No estaba averiado el número al cual llamaba. Era sólo que no contestaba. Pero ¿por qué? No pertenezco al tipo nervioso, pero empecé a sentirme muy inquieta. Algo había sucedido. Estaba segura. Era ya las once y media. No podía ser que un parroquiano lo entretuviese durante una hora. Aunque se tratase de una mujer. Walter había salido. Lo cual no era posible. Pensé que podía hacer. Y entonces tuve una inspiración. Llamé a la tienda contigua. Era una panadería, y su dueño era un viejo amigo de papá. Le expliqué lo que pasaba. Tampoco lo entendió. Pero me rogó que esperase, que iría a echar un vistazo y me contaría lo que viese. Regresó al aparato completamente trastornado. Walter no estaba en la tienda. La puerta estaba cerrada, el buzón atestado de cartas y el farol nocturno de la parte posterior estaba aún encendido.


»Le di las gracias y colgué. Me hallaba demasiado asombrada y aturdida para pronunciar una sola palabra. Me hallaba simplemente paralizada. Durante un minuto largo permanecí sentada en la silla. Lo único que se me ocurrió pensar fue en un accidente. Siempre iba muy deprisa. Walter se ponía nervioso si tenía que esperar un cambio de luces de tráfico en un cruce. Casi podía verle atravesar la calzada corriendo, los frenos de un coche chirriando y la gente agolpándose... y la ambulancia. Pero después volví a calmarme. Me dije que siempre me imaginaba lo peor. Probablemente, habría otra explicación más satisfactoria. Quizás había ido a ver a un proveedor, o a nuestro abogado. Podía tener algunas dificultades con el banco. Tal vez me lo hubiera dicho la noche anterior y yo lo había olvidado. Ya había sucedido más de una vez. Intenté comportarme razonablemente. Llamé al banco, a los proveedores habituales y al abogado; llame a todos cuanto se me ocurrieron. Hasta a unos amigos de Walter. Pero nadie sabía nada. Solo quedaba lugar para los hospitales y la policía. Primero probé con los hospitales. Empecé con el que se hallaba más cercano a la tienda. Luego comencé a llamar a los grandes centros hospitalarios, come el Hospital de la ciudad y el Massachusetts General. Luego, consulte la guía telefónica. Tardé en hablar con todos los centros de asistencia médica de Nueva York, y no averigüé nada. Salvo, naturalmente, que Walter no había sufrido ningún atropello ni se había sentido enfermo de repente. En ambos casos habría seguramente constancia de su asistencia en algún hospital. Al menos, no tenían registrado su nombre. Y su cartera siempre estaba atestada de documentos personales y toda clase de identificaciones. Supuse que debería sentirme consolada en parte, pero no era así. Estaba frenética. En cierto modo, pensaba, casi había deseado que en un hospital conociesen a Walter. Nada hay peor que estar en la mayor de las incertidumbres.
»Mi única esperanza, entonces, fue la policía. Aunque no supieran nada, tal vez me prestarían su ayuda. Pero me faltó valor para afrontarlo yo sola. Siempre me había gustado lograrlo todo por mi misma, pero esto era diferente. Era demasiado para mí. Necesitaba... apoyo moral. Llamé pues a una joven que conocía y le conté lo que sucedía. Si hasta entonces no había tenido mejor amiga, lo fue en aquella ocasión. Se portó de manera maravillosa. No hubiese podido hacer nada sin ella. Metí unas cuantas cosas en su bolso, saltó a su coche y vino corriendo a verme, sin dejarme ya hasta el final. Lo primero que hicimos fue ir a la tienda. Sabía que Walter no estaba allí, ya que había continuado llamando toda la tarde, pero quería convencerme por mí misma. La tienda presentaba el mismo aspecto que por las noches. Yo tenía una llave, por lo que pudimos entrar; un presentimiento me hizo abrir la caja registradora. Estaba vacía; Walter no había estado en la tienda desde que la había cerrado el día anterior. De noche, nunca dejaba dinero en la caja. Siempre lo traía a casa. Y siempre volvía a ponerlo en la registradora tan pronto como llegaba a la tienda a la mañana siguiente. Esto también significaba que, fuese lo que fuese lo ocurrido, llevaba dinero encima. Probablemente tendría más de cien dólares [de los años 50s]. Miré a mi alrededor para asegurarme de que todo estaba en orden, y volví a cerrar. Entonces nos dirigimos a la policía. Terminamos en el departamento de personas desaparecidas. El sargento no pareció sentirse muy impresionado el principio. Cuando le dije que Walter sólo llevaba desaparecido desde aquella mañana me lanzo una mirada irónica. Supongo que pensó que nos habíamos peleado o algo parecido, y que Walter simplemente se había largado. Pero oyó toda la historia respecto a los trastornos nerviosos de Walter, y se mostró muy simpático. Más bien servicial. Dijo que enviaría un boletín con la descripción de las señas personales de mi marido a todos los hospitales y que haría cuanto estuviese a su mano. Tan pronto como supiese algo, me lo comunicaría. »


Era ya más de las tres cuando Walter Uhlan se dejó caer en la cama del hotel Taft. Se despertó a las cuatro, sudando pero calmado. Casi al momento, experimentó como una oleada de inquietud. Saltó del lecho y bajó a la calle.
«Tenía que andar –afirma –, adonde fuese. Todo lo que quería era abandonar el hotel. Me sentía como preso. Por lo demás, me encontraba bien. Tan pronto como empecé andar experimenté un gran alivio. Completamente relajado. Corté hacia la Novena Avenida, según recuerdo, yendo hacia el sur. No iba a ninguna parte determinada ni tenía prisa. Me limité a pasar mirando los escaparates, contemplando a la gente, gozando con lo que veía. Era un barrio italiano, y afuera de las tiendas se amontonaban las frutas y verduras. También había hermosos montones o cajones de tomates muy grandes y otros productos que hasta entonces nunca había visto. Me detuve en una tienda y compré un par de hermosos plátanos. Todo me parecía nuevo y diferente. Incluso la gente. Todo era muy interesante. Pero continué paseando, y no tardé en hallarme en el Village. También allí todo era muy interesante. Me quedé fascinado. Nunca había estado por aquel distrito. Había una calle con todas las casa de ladrillos rojos. Con relucientes aldabas y pestillos, y creo recordar el escaparate de una librería llena de grandes cuadros que parecían grabados en madera. En realidad no recuerdo gran parte de lo que hice. Creo que mayormente me dediqué a pasear por el barrio. Ni siquiera sé si cené. Tal vez un bocadillo. Tomé unas cervezas. Pero esto fue más tarde, ya oscurecido. Todavía sentía calor y una sed horrible. Cuando no pude resistir más, hallé un bar y bebí una jarra de cerveza. Luego reanudé la marcha. Tras cierto tiempo, recuerdo haber estado sentado en un banco de la plaza Washington. Estaba fumando un cigarrillo y debía ser ya tarde. No sé porqué, pero me lo pareció. Recuerdo que a la mañana siguiente me hallé de nuevo en el hotel.
»Apenas dormí en toda la noche. Hacía demasiado calor y yo estaba demasiado agotado y no podía hallar una postura cómoda. Por fin a las siete y media intenté levantarme. Era el miércoles por la mañana. Me duché y vestí lo más deprisa que pude, y volví a salir a la calle. Fue como el día anterior. No podía estarme quieto. Tenía que volverme continuamente. Mientras paseaba o hacía algo, todo iba bien. Debí dirigirme directamente al Village. De todas formas, a las diez, estaba allí. Lo primero que recuerdo es una de aquellas calles existentes en torno a Wanamaker. Había un hotel en medio de un bloque. Entré y pedí una habitación, pero estaba tan sombría y sucia que la dejé. Luego probé en otro. Aún fue peor. Ni siquiera creo que fuese un hotel. Era una especie de antro. El empleado me preguntó cuántas horas proyectaba permanecer aquí. También lo dejé. Seguí caminando hasta que halle un hotel que me pareció aseado. Estaba en la calle Octava, creo, no muy lejos de la Quinta Avenida. Durante un rato permanecí sentado en la habitación, mirando por la ventana. Hacía calor, o mejor bochorno, y empezó a llover. De repente sentí algo: que me hormigueaban las piernas. Fue una sensación horrible. Me quité los pantalones, encendí la bombilla y me examiné. Tenía las piernas llenas de bichos. No sé qué era. Tal vez chinches o piojos o algo por el estilo. No puedo describirlos. Eran de color rojizo, pegajosos y se hallaban aferrados a mis pelos. Era horrible. Lo único que se me ocurrió fue que tenía que afeitarme las piernas. Volví a ponerme los pantalones y corrí a la calle. Un par de portales más abajo había una droguería. Entré y compré una maquinita de afeitar y unas hojas, y también un tubo de crema de afeitar. También adquirí un cepillo de dientes. Me sentía completamente sucio. Volví corriendo al hotel, me desnudé y me metí en la bañera. Empecé a trabajar. Tardé de largo rato. Me vi obligado a arañarme para librarme de aquello. Se hallaban  prácticamente insertos en mi piel. Cuando quité el último bicho, me sangraban las piernas por doce sitios diferentes. Pero no me importaba. Toda la porquería salió por el desagüe y quedé limpio. Luego fregué bien la maquinilla, le puse una nueva hoja y me afeité, tras lo cual me lavé los dientes. Después me di un baño caliente. Me vestí y salí. Reanude mis paseos.
»Anduve hasta que oscureció. No sé a dónde fui. Estaba todavía en el Village y el hambre empezaba a marearme. Excepto una taza de café, no había probado bocado en todo el día. La parte del Village en que me hallaba está situada más abajo de la plaza Washington. Estaba todo lleno de restaurantes. Elegí uno italiano en un sótano, que tenía el menú en la ventana. Comí un enorme plato de spaghetti y una jarra de cerveza. Luego me sentí mejor. Después regresé a la calle Octava. No tenía ningún plan, pero al pasar por delante del cine decidí entrar. Estaban pasando una película italiana, tal vez Paisan o Ciudad abierta. También recuerdo que había como un vestíbulo donde servían café. Creo que vi media película. Pero no llegué a sentirme interesado en el argumento. No podía concentrarme. Algo me atormentaba. Finalmente, me marché del cine, entré en un bar y me tomé una cerveza. Pero no era esto lo que yo quería. Mientras estaba en aquel bar, de pronto me di cuenta de que no sabía quién era. Es decir, la idea me asaltó de manera diferente. Había sabido, sí, que me pasaba algo raro, y de cuando en cuando me detenía y me hacía preguntas que quedaban sin respuestas; pero en realidad no me había sentido impresionado. Ahora era distinto. No sé cómo explicarlo, pero de repente me sentí asustado. Era como si me hubiese contemplado en un espejo sin verme reflejado en el cristal. Recuerdo haber estado de pie en el bar, tratando de recordar. Pensé en los registros de hotel en los que había firmado, tratando de visualizar el nombre que había escrito. Era algo como Ward o Walsh. Pero estaba seguro de que no era mi verdadero nombre. No, no lo era. Comencé a temblar de tal manera que apenas podía sostener el vaso de cerveza. Luego salí a la calle, casi corriendo. Era como si me sintiese perseguido. Mi recuerdo siguiente es que me hallaba en mi habitación del hotel. Empecé a vaciar mis bolsillos. Sabía que tenía una cartera. Recordaba haberla visto en la droguería. Si lograba encontrarla, estaba seguro de en el interior descubriría algo que me daría una pista. Pero no había cartera. Todo lo que hallé fue un paquete de cigarrillos a medio consumir, algunas cerillas y dinero. Punto. Toda clase de monedas y billetes. Tenían un bolsillo repleto de dinero. No sabía cuánto tenía, y tampoco lo conté. No me interesaba. Me quité, en cambio, la ropa y la examiné. Pero no averigüé nada. Mi jersey sólo llevaba la etiqueta Arrow, y la etiqueta de mi chaqueta era de Hart, Schaffner y Marx. Entonces tuve una idea. No sé cómo o por qué, pero improviso decidí irme a Filadelfia. Me vestí lo más deprisa que pude, corrí a la calle y me encaminé a la estación de Pennsylvania. Debían ser las tres de la madrugada cuando llegue allí. Sólo que no llegué a la estación. Torcí hacia una terminal de autocares, no muy lejos. Había uno que estaba a punto de salir, y como no estaba seguro del horario de los trenes y lo único que deseaba era verme en Filadelfia cogí el autocar. »

Uhlan llegó a Filadelfia, en la estación de la calle Ancha, a rayar el alba del jueves, 31 de agosto. Halló un restaurante abierto toda la noche cerca del ayuntamiento y tomó un tazón de puré y café a desayunar se bajó por la calle ancha hasta llegar a un hotel.
«Era el John Bartram –cuenta Walter Uhlan–. Me dieron una encantadora habitación, me fui a la cama y dormí un par de horas. Había pasado una mala noche en el autocar, donde escasamente había dormitado. Cuando me desperté, el día era gris y me sentí horriblemente deprimido y trastornado. No sabía qué iba a hacer en Filadelfia. Si había tenido algún motivo para trasladarme a esta ciudad, lo había olvidado. Me di un baño y me vestí. Necesitaba un afeitado, pero había perdido los trastos de afeitar. Quizá me los hubiese dejado en Nueva York, o en el autocar. No me importaba. Me sentía demasiado descorazonado y empezaba a experimentar de nuevo una gran inquietud. Tan pronto como terminé de vestirme, salí y empecé a caminar. Estaba lloviendo, pero no me molestaba el agua. Anduve recorriendo calles hasta que me sentí cansado. Luego volví al hotel y traté de descansar. Después, reanudé mis paseos. De cuando en cuando tenía la sensación de que estaba buscando algo. No sé qué. Principalmente andaba, porque no podía estarme quieto. No tardo en anochecer. Recuerdo que me hallaba en la calle Locust, y que llevaba un estuche con una maquinilla y otras cosas que había comprado, y decidí que ya estaba harto de Filadelfia. Tenía que regresar a Nueva York. Fui en busca de la calle Ancha, me dirigí a la terminal de autocares y adquirí un billete para la próxima salida. No sé a qué hora partimos, pero debió ser bastante tarde porque cuando salí de la terminal de Nueva York era ya de día.
»Me desayuné en una cafetería de la calle treinta y cuatro. Luego me encaminé al Village. Hacía calor y algo me obligaba a apretar el paso, y cuando llegue allí estaba empapado y medio muerto de cansancio. El primer lugar que encontré fue el hotel de la calle Octava donde ya había estado anteriormente. Pero estaba completamente lleno, o eso me dijeron. Quizá fui por mi aspecto. Iba muy desaseado. Había dormido, sudado y caminado bajo la lluvia con la misma ropa durante cuatro días. Además, llevaba una barba de dos días. El único lugar donde me aceptaron fue en una especie de agujero de la calle Bleecker. Mientras tanto, antes de llegar allí, me detuve a comprar algo de ropa interior, un par de calcetines, una camisa y corbata. Todavía tenía el estuche y lo demás que había comprado en Filadelfia. Me duché, me afeité y me puse la ropa limpia. Me limité a arrojar la sucia a la papelera. Después salí a la calle. Durante un rato me sentí mejor. Al menos estaba limpio. Pero entonces mi cerebro comenzó a trabajar. Empecé a sentirme preocupado por saber quién coño era yo, y qué había sucedido y lo que iba a suceder. La única forma como podía mantenerme medio tranquilo era continuar andando. Cada vez que me paraba, empezaba a sentir pánico y tenía que seguir moviéndome. Hacia la dos estaba en la plaza Times y me vi frente a un quiosco de periódico donde vendían diarios de fuera de Nueva York. Esto me dio una idea. Estaba seguro de que yo procedía de algún sitio próximo a Nueva York. Sí, tenía esa impresión. Y también estaba seguro de que se trataba de una gran ciudad. Porque el inmenso tráfico no me incomodaba. Esto limitaba las posibilidades. Me figure que sería posible que, si adquiría periódicos de algunas localidades no muy alejadas de Nueva York, conseguiría ver un nombre que me resultase familiar. Algo así como una banderita de aviso en mi cerebro. De todas formas valía la pena probar. Compré pues un mazo de diarios y me lo llevé por la calle Cuarenta y dos al parque Bryant, donde me senté en un banco. Empecé a leer. Principié por Filadelfia: El Bulletin y el Inquirer. Seguí con el Sun u el News–Pots de Baltimore, el Post y Times–Herald de Washington, el Wilmington News, el Journal de Providence, el Newark News y el Courant de Hartford. Terminé con el Post–Gazette de Pitsburgh. Pero no ocurrió nada. Todos me parecieron exactamente lo mismo. Hice grandes esfuerzos para no echarme a llorar. No era que me sintiese desanimado. Lo estaba, en parte, claro está. Pero había algo más… No sé explicarme. Me sentía desvalido y solo.
»No recuerdo cómo salí del parque. Lo siguiente que recuerdo es uno chico jugando a la pelota en un campo cerca a Riverside Drive. Me senté en la hierba y contemplé su juego un largo rato. Luego me sentí inquieto y reanudé mi caminata. Hacia las ocho estaba de vuelta en el Village. Comí un bocadillo no sé dónde. Creo que en la plaza de Grecia. Tras lo cual bajé por la calle Bleecker. Me di cuenta que me había olvidado el estuche en el hotel y tenía que ir a recogerlo. No podía permitirme el lujo de comprar continuamente nuevas máquina de afeitar. No podía dilapidar tontamente el dinero. Cuando hallé el hotel y recogí mis cosas ya había anochecido. Tenía mucho calor y estaba sediento. Anduve hasta encontrar un bar, entré y pedí una cerveza. Sólo que no era un bar. Era una especie de cabaret. Había una orquestina que estaba tocando, y no tardó en dar comienzo el espectáculo. Una de las actuantes se dedicaba a striptease. Me quedé acordado en la barra, contemplándola. No era bonita. En realidad, era más bien fea. Pero poseía un cuerpo magnífico. Resultaba algo sensacional. Creo que se dio cuenta de mi admiración. Cuando terminó el espectáculo, se acercó al mostrador y me saludó. Comenzamos a charlar. Apenas podía creerlo. Era la primera vez en cuatro días que alguien se había fijado en mí. Me hizo sentirme como un ser casi humano. Se llamaba Arlene, dijo, y luego me preguntó si quería invitarla a beber. Naturalmente, esto era lo que ella andaba buscando, pero no me importaba. Valía la pena. Nos sentamos a una mesa, pedí una cerveza para mí y un whisky para ella. Cuando el camarero se alejó, la joven estuvo un minuto entero contemplándome sin despegar los labios. Era como si antes no me hubiese visto.
–¿Te ocurre algo, verdad? –me preguntó al fin–. Sí, estás en un apuro.
Me sobresalté, pero lo negué. Afirmé que me encontraba muy bien.
–No –me objetó–. Estás en un apuro, lo sé.
Bueno, no parecía que hubiese dudas, así que se lo conté. Le narré toda la historia… o al menos lo que yo podía explicar. No sé si esperaba que me creyese o no, pero me creyó. Movió la cabeza.
–¡Pobre chico! –exclamó.
Sus palabras no pudieron sonar en mis oídos más suaves pumas comprensivas. Era maravillosa. Luego se levantó, se acercó al bar y cuando el camarero volvió a servirnos trajo dos cervezas. Había dejado de tomar whisky. Para ahorrarme gastos, me explicó.


»Seguimos sentados y conversamos hasta que tuvo que volver a actuar en la pista. Esperé, y después seguimos charlando. Me hizo toda clase de preguntas. Intentaba ayudarme. Recuerdo que una pregunta fue si yo estaba casado. Contesté que sí. No lo he pensado antes, pero estuve seguro en aquel instante. Tenía esta sensación. Asimismo quiso saber dónde dormía. Cuando le dije que en la calle Bleecker, se llevó las manos a la cabeza. Me replicó que debía buscar un lugar decente y más limpio. Si esperaba que terminase sus actuaciones tal vez podía conseguirme una habitación donde vivía ella. Era una especie de hotel de apartamentos, cerca de Columbus Circle, y quedamos en encontrarnos allí a las cuatro. Entonces debía ser la una, aproximadamente, pero ya estaba harto de estar allí sentado y hablando. Pasé tres horas caminando y cuando llegué al hotel de Arlene, la joven estaba en el vestíbulo esperándome. Pero no había habitaciones. El conserje sugirió el Alvin, en la calle Cincuenta y Dos. Fuimos allá y encontramos habitación. Arlene lo arregló todo. Estuvimos sentados charlando un buen rato en el saloncito. Luego nos dimos las buenas noches. Creo que de habérmelo propuesto habría accedido a subir a mi habitación. Estoy seguro de que lo estaba deseando. Pero no se lo dije. No podía. Era lo último que en aquellos instantes deseaba. Con nadie. »

Era de madrugada cuando Walter Uhlan se quedó dormido aquel viernes, pero se levantó a las nueve. Después de una taza de café en una cafetería fue paseando hasta el kiosco del periódico de Times Square. Compró otro Sun de Baltimore y, en un impulso, el Plain Delair  de Cleveland, y regresó de prisa al Alvin. Cuando entró en su cuarto sonó el teléfono.

«Era Arlene –continúa Walter Uhlan–. Quería saber cómo estaba. También sugirió que nos desayunásemos juntos. No tenía muchas ganas, prefiriendo leer en realidad, pero al final accedí. Nos encontramos en un Childs de Columbus Circle, y resultó ser que la joven tenía un plan. Creía que lo mejor era ir a consultar al médico. Este sabría qué hacer. Me dio la dirección de un doctor y me pidió que nos encontrásemos allí a las tres. Asentí a ello. Quizá me había gustado el plan. Pero, tan pronto la dejé, supe que no iría. Entré en una droguería, en cambio, y compré una botella de colonia de baño y me la hice envolver como un obsequio. Me dirigí al hotel de Arlene y la deje allí, con una tarjeta en la que le agradecía cuanto había hecho por mí; pero manifestándole que ya estaba bien. Empezaba a sentirme desasosegado.
»Me compré ropas limpias, regresé al Alvin y me mudé. Luego cogí mi estuche y me despedí del hotel. Ya había estado en él bastante tiempo. Me encaminé de nuevo al Village. Pero no a la parte de siempre. Había aquí demasiada gente y las calles eran excesivamente estrechas. Todo era diferente. Empecé a sentir pánico. Esto es lo único que recuerdo de un período cuya longitud ignoro. Luego me encontré solo en uno de los senderos al sur del Central Park. En la calle de enfrente está el hotel San Moritz. Entré y experimenté una rara sensación. Salí. Al doblar la esquina me volví y miré hacia atrás. Había gente que entraba y salía, y permanecí allí, contemplándola. Continué paseando por delante del hotel, mirando a la gente que entraba y salía, durante una hora, hasta que el portero se dio cuenta de mis maniobras. Me lanzó una mirada suspicaz. Yo no quería alejarme de aquí. Odiaba la idea de marcharme de aquí. Había algo que me entristecía y al mismo tiempo me calmaba los nervios y me procuraba cierta felicidad en aquel paraje. Pero no podía seguir por más tiempo en aquel lugar con las miradas que me dirigía el portero. Temí que ocurriese algo. La próxima vez que llegué hasta la esquina continúe la marcha. Seguí andando hasta llegar a una terminal de autocares. Se hallaba por algún sitio no lejos de la playa del Times. Había un autocar atestado. Pregunté a donde iba y contestaron que a Newark, y sin saber por qué trepé al vehículo. Al menos, haría algo. Lo mismo me daba ir a un sitio que a otro. Llegamos al igual a las ocho y media de la noche. En entré en un bar y tomé una cerveza. Luego paseé un poco, y poco después penetré en un teatrito de variedades. Esto me seducía; me parecía nuevo e interesante; pero no lo fue. El espectáculo era detestable y el público peor. Era noche de sábado, y todo el mundo estaba borracho, vociferando. No pude soportarlo. Además, me dolían los pies una enormidad. Salí de allí le pregunté a la taquillera dónde podría encontrar un hotel decente. Me dio las señas de uno llamado Douglas. Había una habitación y me marché directamente a la cama.
»Hacía demasiado calor para dormir. Newark era un peor que Manhattan. Me tumbé en la cama, mirando el techo y esperando que amaneciera. Finalmente, hacia las siete, me levanté. Los pies seguían doliéndome intensamente. Estaban tan hinchados que apenas pude calzarme, y en el talón derecho tenía una enorme ampolla. Me los acaricié, conseguí vestirme y calzarme, y bajé. La cafetería todavía no estaba abierta. Me senté en el saloncito, ojeé los diarios matinales y esperé. Cuando abrieron fui hacia allá y pedí un buen desayuno. Tenían el estómago tan vacío que me dolía. Pero cuando me sirvieron lo pedido, no pude comer. Me sentía demasiado agotado e inquieto. Desistí a los pocos bocados. Tenía que regresar a Nueva York. Era como si me faltase algo. En oficina me informaron de que el medio más rápido era el metro del Hudson. Creo que lo tomé. Recuerdo un túnel, haber trepado un largo tramo de escaleras y una calle desierta. Eran casi las diez de la mañana, pero me parecía que estuviese todo tan muerto como en madrugada. Me sentía de humor sombrío. No había un solo ser a la vista. Ni siquiera pasaban coches o camiones. No había más que calles vacías, puertas cerradas y antiguos almacenes. Me pareció que yo era el último hombre sobre la tierra. No había un ruido, nada. No sabía hacia qué lado ir. Todas las calles por las que pasaba eran exactamente iguales a las precedentes. Pero seguí andando, hasta llegar a una parada del ferry. Era el Eric que va a Nueva Jersey. No quería tomarlo, pero me asustaba no hacerlo. No quería volver a recorrer aquellas desiertas calles. Cuando estábamos cruzando, un individuo me explicó que en Nueva Jersey podría coger otro ferry hacia Manhattan. Iba a la calle Christopher, me dijo. Incluso me indicó el camino. Pero tal vez se equivocó, o bien yo no puse extremada atención a sus explicaciones. Lo cierto es que no pude encontrar la parada del ferry. Lo siguiente que recuerdo es que estaba en medio de una estación de mercancías. Sólo había camiones y vías en tanto me alcanzaba la vista. Eché a andar entre dos filas de coches. Anduve casi una milla, hasta que terminaron las vías del ferrocarril junto una alta alambrada. Al otro lado había más camiones. Intenté seguir la valla, pero había por todas partes montones de chatarra y pilas de cajones de todas clases, y la perdí. Volví a encontrar la estación de mercancías. Empecé a pasar por entre los camiones y las vías, intentando salir de allí; pero no lo lograba. Recuerdo haber intentado correr; mas no podía. No tenía fuerzas. Empezó a llover. Me arrastré bajo un camión y aquí me quedé. Luego escuché unos pasos. Era un vigilante. Me vio y comenzó a chillar, pero yo salí de mi refugio. Durante un minuto se mostró intolerante. Sin embargo, después de haberle contado lo ocurrido se mostró más humano. Me llevó por los raíles durante unos centenares de yardas, hasta su garita. Al lado había una abertura y pude salir a la calle.
»Fui andando hasta ver los autobuses. Uno de ellos estaba en la parada medio lleno y a punto de arrancar. Salte al estribo. Y esto el último que recuerdo hasta el cabo de una hora. Debí dormirme al instante. Cuando desperté me hallaba al final del trayecto. Le pregunté a un individuo dónde estaba. Es North Bergen, informó. Mire entorno buscando otro autobús, y vi uno que iba hacia Broadway; pero no era el Broadway el que yo quería. Me apeé en Hoboken. Sabía que allí había un ferry y traté de localizarlo. Pero solo encontré bares. No había más que bares, borrachos y elevaciones de terreno. Quería preguntarle a la gente que hallaba al paso, pero me sentía demasiado cansado y deprimido, y no quisieron escucharme. Apretaban el paso. Por fin, empezó a llover con tal intensidad que no pude seguir andando. Cogí un autobús. Luego me sentí agitado. Y no tardé en estar de nuevo en North Bergen. No recuerdo cómo conseguí marcharme de aquel lugar. Ignoro si tomé un autobús, un tren o qué. No recuerdo nada más hasta que me encontré de pie en la esquina de la calle Cuarenta y Dos y la Séptima Avenida; estaba oscureciendo. Luego pasé a Brooklyn, al hotel Pierrepont de la calle del mismo nombre. Recuerdo haber estado sentado en un sofá del salón. En una de la salas de banquetes se celebraba una boda. Podía ver a la gente sentada y riendo. Continué en mi asiento y contemplé cómo se divertían. Me sentí completamente solo. Era aún peor que andar por las desiertas calles. Y de repente no pude soportarlo. Me derrumbe y empecé a llorar.
»Me desperté a la mañana siguiente una habitación del Pierrepont. Todas mis cosas estaban allí: mi estuche, mis ropas, un ejemplar del USA News & World Report que había comprado… se trataba, pues, de mi habitación. Debía haber alquilado una habitación en algún momento desconocido para mí. Todavía me sentía deprimido y todo me parecía desenfocado. Era como si hubiese perdido mis gafas. Y todo me dolía. Mo eran solo mis pies. Incluso los huesos. Cada movimiento era para mí una agonía, pero conseguí levantarme y vestirme. Tenía que salir de allí. No podía quedarme en Brooklyn. Aquí todo iba mal. Bajé, dejé la habitación y emprendí la marcha por la calle Pierrepont hacia Borough Hall. Eran casi las ocho, pero las calles estaban desiertas. No parecía lunes. Todo tenía un aspecto dominguero. Y entonces comprendí que era el día del trabajo, y sin saber porque me sentí terriblemente solo y desamparado. Acosado. Atrapado. Lo único que podía pensar era en volver lo antes posible a Manhattan. Esto significaba el metro. Fui andando hasta que vi una entrada. Bajé la escalera y me metí en el primer tren que pasó. Pero tan pronto como se cerraron las puertas comencé a sentirme angustiado. Estaba solo en el vagón, y temía haber cometido una equivocación. No pude resistirlo. Entonces el tren se detuvo. No sabía dónde estaba, pero salí. Recuerdo haber vuelto a la calle. Sólo que no parecía una calle. Era un muro, un muro muy alto y largo. Empecé a buscar una puerta u otra clase de salida. No había ninguna. Sólo el muro. Eché a correr. Corrí tanto como pude, y luego fui aflojando el paso hasta detenerme y descansar. El muro seguía estando allí. Reanudé la marcha. Era como una pesadilla. Ignoraba las millas que llevaba andadas o las yardas. Pero por fin hallé un saloon. Estaba en una esquina de un bloque de fábricas. Entré, me senté y pedí una cerveza. El camarero era un tipo alto y gordo, muy sonriente, y recuerdo haberle hablado. Me dijo cómo encontraría el metro.

»Debí haberme bajado por Chattam Square. Al menos me hallaba en el Bowery. Las aceras estaban atestadas de holgazanes y borrachos, y una vieja dormía en un portal. Se levantó y me siguió. Le di un centavo. No conseguí desprenderme de ella. Por cierto, sabía cómo se sentía. Sabía cómo se sentían todos. La única diferencia era que a mí todavía me quedaba algún dinero. Pero tenía que huir de allí también. Empecé a apretar el paso. En la calle Houston corte hacia Broadway y luego volví hacia el norte, hasta que llegué a la playa Times.
»Después de haber estado en Bowery me sentía sucio y contaminado, y empecé a buscar un hotel. Lo encontré hacia las tres. Era el Century de la calle Cuarenta y Seis, cerca de los Baños Luxor. Me duché y afeité, y descansé un rato. Luego me mojé los pies en agua fría para poder volver a calzarme, y salir a la calle. Solo podía caminar, aunque me costaba grandes esfuerzos. No sé cómo explicarlo. Había algo que me guiaba. A cada momento se me iba acercando más, y tenía que seguir moviéndome. Tenía que ir algún sitio. Pero a todas partes donde iba, sabía que no era allí. Recuerdo haber andado por Madison Avenue, que estaba casi vacía. Otra vez me dirigí al este... Hacia la plaza Beekman. Quizá era demasiado temprano. Recuerdo haber pasado por la playa Union, tras lo cual volví al Village, a la calle Octava. No sabía hacia dónde ir. Entonces me acordé del San Moritz. Retrocedí hacia la Quinta Avenida. Estaba anocheciendo y traté de andar a buen paso, pero estaba demasiado débil. Continué tropezando, trastrabillando. No había para mi nada más importante. Era vital, tenía que llegar allí; pero me parecía imposible lograrlo. Estaba demasiado aspeado, enfermo y tullido... No, no lo lograría. No sé cómo conseguí llegar al San Moritz, ni cuándo; salvo que era ya muy tarde; pero llegué. Lo hice. Me detuve en el otro lado del Central Park South, desde donde podía vigilar la entrada. Me entretuve contemplando los rostros de las mujeres que entraban y salías. Era como si pudiese haber una conocida. Debí estar allí largo tiempo, porque por fin no pude resistirlo más. Estaba tan cansado que ni llorar podía. Tenía que tumbarme en la cama. Retrocedí hacia mi hotel. Pero no sabía por dónde ir. Me había olvidado de su nombre y de la calle en que estaba. Había muchos hoteles. Demasiados. Reanudé la marcha y entré en el parque. Me sentí en un banco y traté de meditar. No podía. Mi cerebro estaba muerto. Y yo me sentía desvalido. Hacía frío y humedad, y comencé a temblar. Poco después, mirando por entre los árboles, vi un policía en una esquina. Logré arrancarme del banco y fui hacia él. »

Walter Uhlan y el policía llegaron a la comisaría de la calle Cincuenta y Cuatro a dos de la madrugada. Allí volvió a relatar su caso al sargento de guardia y a varios detectives. Le estuvieron interrogando hasta las tres. Por aquel entonces estaba ya claro que, fuese cual fuese su dolencia, necesitaba atención médica. Primero fue llevado al hospital de Santa Clara, en la calle cincuenta y uno oeste. El médico que lo examinó, notando que sus síntomas eran predominantemente emocionales lo envió rápidamente al hospital Bellevue. Allí, tras otro examen y unas preguntas, quedó admitido para observación, y asignado a una cama de la sala psiquiátrica.

«Pasé una noche espantosa –confiesa Walter Uhlan–. Había oído hablar del Bellevue, y cuando comprendí que estaba en él, quise huir. Oía cómo la gente murmuraba y se quejaba. Era terrible. Pero principalmente me sentía dolorido. Casi tuvieron que cortarme los zapatos para poder quitármelos, y mis pies parecían dos calderas hirviendo. De todos modos, conseguí dominarme. Quizá me dieron algo. Me desperté llorando, pero a mi lado había un una enfermera. Me sirvió un desayuno. La joven tenía una voz serena y apacible y al poco rato creo que volví a dormirme. Lo siguiente que recuerdo es que la enfermera me estaba ayudando a bajar hacia el vestíbulo; luego entré en una oficina y el médico comenzó a dirigirme preguntas. Intenté contestarlas, pero tenía el cerebro demasiado trastornado. No puedo describir lo que sentía. Luego, de repente, fue como si se hubiese abierto una puerta. De improviso, lo supe todo, lo recordé todo. Salté y grité. Chillé.
–¡Sé! ¡Puedo recordar! ¡Recuerdo el nombre de mi mujer! ¡Se llama Mildred! ¡Vivimos en Boston! Puedo decir la dirección. ¡Y yo me llamo Uhlan… Walter Uhlan…! »

Ilustraciones: Nighthawks/ Eleven A.M/ /Office Nigth/ Office Small/ Room / Girlie Show/ Chair Car/ Hotel Room/ Morning Sun/ Pinturas de Edward Hopper

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