Cuatro días de escritores

Por Jose Hoyos


Día 1

Ni idea de cómo se hace una crónica. Sé que hay más de una manera de serle fiel a la realidad. La memoria tiene más de ficción que de crónica. Los reglamentistas creen que a través de la íntima experiencia personal no puede revelarse nada importante. Voy a hablar de mí. La gente es mucho más que aquello que hace: un escritor es mucho más que un hombre que escribe.

Es bueno hablar de lugares. Como este donde estoy ahora: la habitación 309 de un hotel cuya fachada tiene un dibujo que aspiraba a ser una Mona Lisa y que se llama Hotel Davinci. En una crónica uno no puede ponerse a hablar del hotel cuando lo principal es el evento que está sucediendo allá afuera. El hotel queda a una cuadra de la galería y a un costado del parque principal. Tiene cuatro pisos, empleados obligados a sonreír y chocolatinas a precios criminales. Mi habitación queda en el pasillo más corto del tercer piso y tiene un pequeño balcón por donde entra en carne viva el sol de las cuatro de la tarde. Es pequeña, apenas para una persona sola. Acaban de asearla y si no fuera por el blanco marchito de las paredes parecería nueva. El piso de baldosa color hueso está recién trapeado. Mediante una rigurosa investigación periodística (en cuclillas) encontré cabellos largos de los que se abrazan a las traperas. Una cómoda de madera de dos puertas guarda una cobija que huele a sudor y a vejez. La cómoda está cubierta por un vidrio y encima hay una canasta llena de golosinas, gaseosas y una cerveza que hierve por el sol, que de paso derritió las chocolatinas. Junto a la canasta, una hoja bajo el vidrio pone bien visibles los precios (no aclara si las chocolatinas derretidas valen menos). En el lobby me querían cobrar tres mil quinientos por una gaseosa. Aquí en la habitación vale dos mil. Por encima de la canasta un televisor incrustado en la pared mira derecho hacia la cama. Es una cama híbrida, tiene la parte superior de madera y el resto de metal. Echarme sobre el tendido azul abollonado me dio desconfianza, tiene pelos de mujer tinturada barato de rubio. No creo que la organización de este encuentro de escritores vea problema en pagar, junto a la cuenta de mi habitación, una canasta de golosinas por día. Es todo lo que valgo como escritor: diez golosinas y una cerveza. Ninguno les va a salir tan barato. Junto al balcón en que pienso pararme estático a ver el movimiento nocturno del pueblo hay una mesa plástica con un mantel improvisado. La uní con la silla de madera descascarada y armé el escritorio. Puse el portátil en que digito y los libros que traje: Foster Wallace, historietas del Corto Maltés, la revista T.V y Novelas, Lorrie Moore, “Papá, dame la mano que tengo miedo” de Panero, “¿Qué hago yo aquí?” de Chatwin, Contribución al vacío y Crónicas de motel, son todos prestados y juro que no me voy a robar ninguno.

Solo tengo que mover un poquito la mano y correr la cortina para ver la calle en la plenitud de su actividad. Entre mi escritorio y la cómoda una columna sostiene un espejo grande y rectangular enmarcado en madera café. En el centro del techo está empotrada una lámpara redonda y amarillenta. El otro cajón de la cómoda guarda una guía telefónica bien plegada al paso del tiempo. Junto a la cama un nochero pequeño tiene un ejemplar de El Nuevo Testamento empastado en un cuero azuloso igual al color de los muertos por asfixia. En la parte superior de la portada dice Este libro no será vendido. El que puso esas palabras era todo un clarividente. Hace juego con un cuadro de la virgen también enmarcado en madera y crucificado sobre la parte derecha de la cama. Muestra a un hombre sin zapatos con sombrero y bastón en medio de unos árboles que cae postrado ante la aparición. La secuencia, en cuatro recuadros pequeños en la parte inferior de la virgen, lo muestra primero arrodillado y después corriendo despavorido. Sobre el nochero hay un teléfono y un papel con la clave inservible del wi-fi. El baño es estrecho, de color pálido y sin agua caliente. Hay dos jabones chiquitos. El espejo del lavamanos tiene bordes de madera negra, mientras la cómoda, la puerta, el nochero, el perchero, la cama y el espejo grande tienen maderas de distinto color y textura. Maderas desiguales en la habitación que me asignaron, es una falta de respeto. La pared de atrás de la cama sostiene un cuadro de un barco sobre el mar incoloro. El cuadro es tan genérico como la habitación. Yo sería capaz de quedarme a vivir aquí dos o tres años, comer aquí, beber aquí, salir a ventearme y regresar a seguir leyendo. Si tuviera carácter no saldría hoy de aquí. Ni durante los próximos cuatro días. Los remeros avanzan vigorosamente de espaldas. Bueno, sí quiero salir, quiero ver a los escritores siendo informales, quiero ver cómo exhiben lo que no son, quiero arrinconarme a observar el costado teatral de un encuentro de nadie con nadie.

Son las siete de la noche y me llaman de la organización para ir a comer. En la larga mesa del restaurante donde la delegación en pleno comerá durante los próximos cuatro días hay ocho personas muy bien puestas cuidando lo que van a decir. Aquí es donde el escritor se esfuma y mi pobre yo queda miserablemente solo e indefenso. A ese yo es a quien le toca el exhibicionismo, demostrar que ha leído mucho, hablar en las conferencias, tener opiniones eruditas y originales, ser entretenido y refinado y esas cosas. Alguien hace cambiar dos veces el contenido de su plato. Hay quien pide la misma sopa pero sin sal. Otro tiene el carácter para reclamar enérgicamente una atención más pronta. Yo solo puedo tener carácter por escrito. La mía es una timidez auténtica, dolorosa, potente. Algunos la consideran idiotez. Ser considerado idiota lo pone a uno en situación de ventaja. Entre el recital poético programado para esta noche y una cantina llamada La Tertulia elijo la cantina, junto a dos amigos. En el vino está la verdad. Cerveza, amigos y mujeres, ¿qué más puede pedir un intelectual? Esos tres componentes hablan de tu interior. La figuración pública habla de tu exterior. Mientras mejor vayan tus asuntos públicos peor irá tu interior. A las doce de la noche estoy borracho como cosaco. El artista —el escritor— no debe permitir que la gente se engañe con él. En una sociedad ideal el escritor tendría que ser visto como el criminal más odiado e infame de todos, que desconfía y es objeto de desconfianza, cosa que nadie quiera ser como él, y que solo en escasísimas ocasiones se le conceda el perdón o la gracia.

Son las dos de la mañana en la 309. Me quedan dos cervezas balconeras. Observo a una mujer madura y esbelta que camina la calle vacía dándole largas caladas a un cigarrillo. Tiene porte de leona. Lleva una chaqueta amarilla muy elegante, y lleva los tacones, del mismo color, sostenidos entre los dedos displicentes de su mano izquierda. Chupa el cigarrillo con tanta fuerza que las mejillas se le hunden y por un instante aparece el contorno de su calavera bajo la piel. Con la brasa al rojo vivo hace pequeñas quemaduras en el cuero de los zapatos. Le parece muy gracioso. Da la impresión de estar perdida. No mira más que para el frente. Camina soberbia, hermosamente descalza.

En el balcón de un hotel cualquiera, en una calle de Pereira, en un centro comercial atiborrado en Bogotá, en una playa en Santa Marta, en la costanera de Buenos Aires, en medio de una maratón multitudinaria, en casa con mi familia, en un bar con amigos, en la tarima de un escenario frente a espectadores, en una fiesta de carnaval, en el Ritz de Paris, en el palacio de Buckingham: estoy solo, estamos solos y apeñuscados.


Día 2


Es una mañana fría y con niebla. Hay nubes de lluvia y poca visibilidad. Condiciones adversas para la circulación. A los escritores hoy les será de mucha utilidad el paraguas. Elegirán colores fosforescentes. Son las nueve de la mañana y estoy listo para dar mi charla en un colegio. “Entonces usted viene de parte de don Luis Vidales”, me dice el rector, un señor canoso y apurado. Cuidado. Le ordena a un profesor que traiga los muchachos de once. “Pero están en parcial”, le responde. “Entonces los de diez, da igual, y mire qué salón hay desocupado, aquí el escritor va a hablarles de la ortografía quindiana, ¿cierto?”, dice, levantando la vista del celular. La rectoría es un salón grande que de oficina solo tiene una silla trono y una mesa donde se reúnen los dueños de la disciplina y el reglamento. Regados por las paredes hay cinco crucifijos. Entra una profesora con bata blanca impecable y cara de sargento. Tardan unos veinte minutos en definir el salón y el grupo para la charla. Eligen un lugar al azar y a los estudiantes de noveno. Les hablo a los de noveno con empatía y soltura, pero nadie oye lo que digo. Después, les leo el texto sobre lenguaje simple que me costó una semana preparar y que esperaba les causara la misma conmoción con que lo escribí y en el que nadie se interesa en lo más mínimo. Cero de treinta. «Me importa un jopo», pienso. Quiero irme ya y empezar a hacer rápido la nada que vine a hacer, pero primero hay que merecerla, así que cumplo y en hora y media liquido la cosa. Me despido en la oficina del rector atajando mi Míster Hayde, que quiere salir a insultar. Salgo en silencio y a la carrera.

Ahora estoy con Foster Wallace y mi teclado. Y con ese chirrido de la sangre en mi cabeza parlante que es el origen de todas las insatisfacciones. Insatisfacción es una palabra seria, y la estoy usando en serio. Escribo estas líneas para averiguar si la culpa es mía o de los demás. Es como para enloquecer.

La 309 está personalizada. Bueno, no soy tan desorganizado como para personalizar un espacio, pero registro progresos: la canasta de golosinas está barrida, a un lado hay un bloque de botellas vacías de cerveza, una bebida energizante que pedí en la cafetería del colegio para hacerle pagar algo al rector, una botella de agua y dos cuadernos con algunas hojas arrancadas y echadas a la basura, la cama está destendida y con manchas de cerveza negra, estoy en calzoncillos sentado en el piso y me recuesto en el acolchado azul, el baño tiene zonas pantanosas y se acabó el papel higiénico. Sin información de la aseadora.

A almorzar llego media hora antes de las doce a ver si logro comer solo. Aparece en silencio B., que también quiere comer solo. Tiene la cara rugosa y una piel parecida a la corteza del olivo. Es alto y huesudo. Dos años más y será un viejo jorobado. Nos sentamos y mira atento cómo los empleados preparan todo para la hora de mayor concurrencia. Un empleado entra con pescado fresco en una bolsa. B. lo observa y me cuenta sobre un vendedor de pescado: “Un vendedor pone su carreta rebosante de pescado en la plaza de mercado y en un pizarrón escribe: Hoy vendo pescado fresco. Un caminante que pasa le pregunta: “¿Por qué escribe ‘hoy’, si eso ya lo sabemos?” El vendedor borra la palabra “hoy”. El caminante pregunta: “¿Por qué escribe ‘vendo’, si eso ya lo sabemos?” El vendedor borra la palabra “vendo”. El caminante pregunta: “¿Por qué escribe ‘pescado fresco’, si lo estamos viendo?” El vendedor quita el pizarrón.”

B. se pregunta de qué puede servir el lenguaje ante la fuerza apabullante del hecho vívido. Dice que es un regodeo innecesario. El lenguaje tendría que destinarse a contar exclusivamente lo que no se ve. Dice que le gusta mirar mucho y pasar largo rato sumido filtrándolo todo para después rearmarlo por escrito y mejor a ver si aparece lo invisible. Afirma que solo así puede oírsele el zumbido al universo. No menciona una sola palabra de los libros que ha escrito. No menciona más de una vez la palabra literatura. No cita a nadie. Es un poeta sin adhesivos. Hemos hablado media hora y ya lo admiro. Todo lo dice sin ningún tono de sentencia. Los malos poetas son los únicos seguros de sí mismos. Usa el tono de quienes no están interesados en competir. Le digo que admiro la no competencia y me responde que no lo sobreestime: él sí compite. En los últimos meses participó en cuatro concursos de poesía y los perdió todos. “Un concurso lo ganó un gestor cultural —dice—, y los otros tres fueron declarados desiertos: la nada cumplió el estándar de los jurados, la nada me ganó, la nada nos ganó a todos, la nada lo expresa todo y mejor, la nada contiene la belleza, es arte sin abalorios, es imbatible, es el premio absoluto.”

Al salir tomo un café con cinco señorones, no digo una palabra en toda la conversación y quedo como idiota. Tres de la tarde, regreso a la 309.  De repente la habitación está tan limpia que parece que la hubieran hervido. Encuentro una muestra enorme de humanidad y buen juicio hotelero: la canasta otra vez está llena. Por un momento voy y me uno a la gavilla de escritores tomando café y escucho su conversa bibliográfica y por más que intento no logro acoplarme. Hay dos poetas extranjeros que se conducen serenos y aplomados. El español se llama E., siempre sabe qué decir y cuándo es mejor permanecer en silencio. Tiene manos de hombre feliz y sombrero. El otro, el canadiense, se llama H., no habla español y su presencia es un monumento a la incomunicación. En realidad no es él quien tiene problemas de incomunicación, somos nosotros: él habla inglés y francés y nosotros solo español. Pocas veces E. le traduce. No estamos acostumbrados a bucear en el silencio, en cambio sí el poeta. Un lenguaje falso es mucho menos sociable que el silencio, pero hay muchos convencidos de lo contrario. Los que duermen sobre un colchón de plumas, hablan. Los que duermen sobre la baldosa fría y pelada, escriben. Salvo Sócrates, ¿qué palabra podría valer más que lo escrito?
H. está todo el tiempo ahí sentado en medio de largas conversaciones con la cara de palo de quien no entiende un carajo, pero le parece una descortesía pararse e irse. Tiene bien merecida la H. Compartimos el silencioso placer de las abstracciones repentinas y extensas estando rodeados de mucha gente. Me cuesta el mismo trabajo que a él seguir el hilo de una conversación en grupo. Mientras estábamos en un café del parque, unas dos horas, se entretuvo organizando sobre la mesa los sobres alargados de azúcar de acuerdo a una lógica interna que solo él comprendía. Los puso de varias formas diferentes, primero los acostaba en horizontal milimétricamente iguales, después cambiaba a posición vertical, después los volvía una pequeña pira, todo sin moverse de la silla y soltando una pequeña sonrisa de cortesía cada que la conversación inentendible se lo exigía. Sus labios no dejaban de moverse, como si se contara historias destinadas a no compartirse con nadie. Se me antoja pensar que sí habla español, pero lo oculta, porque lo que tiene por decir ya lo dijo en sus cuarenta libros, entre poesía y teatro. Los almuerzos y cafés y caminatas se convierten en verdaderas maratones de la palabra hablada. Cuando son diez o más de estos especímenes la plenaria gira a una tertulia por subgrupos. En otro café H. aguantó largo rato sentado recortando pequeños rectángulos de servilleta y acomodándolos en cinco montoncitos de a cinco. Doblar una servilleta en cuantos quiebres soporte es muy útil para componer obras de teatro. Por momentos nos mira, pero esa mirada no corresponde a la situación, como la mirada de los sordos. Como la mirada de los solos, los solos y apeñuscados.

Ahora camino en compañía de mi amigo D., alguien de quien aprendo porque tiene los bolsillos cargados de dinamita suficiente para hacer explotar varias décadas de literatura colombiana. Es una tarde perfecta para estar vivo, el aire de Calarcá es liviano y grácil, las personas de la calle me parecen amables y de buen humor, tengo buena energía, hasta que aparece J. Está buscando unos tacones que le hagan juego con el vestido con el que hará de presentadora esta noche en la apertura oficial del encuentro. Anda con sumo cuidado de no estropearse las uñas recién pintadas. Consigo escabullirme. Empiezo a sentir el peso de tanta puesta en escena y del esfuerzo por ser simpático y poner cara de interés. Me refugio en la 309 para descansar con Panero y no perder el hilo de la hermosa nada. Ya quiero que se acabe el evento inaugural que empieza en una hora en la Casa de la Cultura, adonde llego con ganas de estar borracho. Hay un aire de corbatas e himno nacional que tapona la garganta. El evento central es una interesante conferencia sobre arte y memoria de la que podría decir mucho más, pero la lata de cerveza que abrí botó espuma y la limpié con la servilleta en que tomé notas.

Afuera del auditorio encuentro a B., que tampoco aguantó y se salió. Camino al restaurante me habla acerca de los encuentros de escritores. “Lo bueno es que sirven —dice—, para aprovechar el ínfimo presupuesto que se le destina a la literatura. Pero terminan por hacer creer que la pasión por los libros es algo transmisible y que la cultura necesita gestores. Muchas veces promueven, a lo mejor sin tener esa intención, la trampa de que la literatura es una elevación social. Lo que no sé es por qué se llaman encuentros, si uno no se encuentra con nadie, los escritores reconocidos se acorazan dentro de su maniquí y temen despeinarlo. Si un encuentro se toma como lo que es, un entretenimiento de salón, uno puede divertirse un rato. En Mouiden, Holanda, se celebra cada año un encuentro mundial de organizadores de encuentros literarios. No es nada nuevo, estas celebraciones vienen desde la Grecia antigua, cuando Píndaro dijo que los bardos tenían que ser agasajados con fanfarrias y banquetes. Instituyó entonces los Juegos Terentinos, a celebrarse cada noventa años. Con el tiempo la cosa tomó fuerza en Europa y empezaron a proliferar los debates y torneos de juglares, eventos que, como aún suele ocurrir, terminaban en pleitos: cada invitado se empeñaba en demostrar que la tenía más grande. A mí me hubiera gustado ser invitado a un evento de los celebrados durante el reinado de Luis XV, porque eran más orgiásticos que intelectuales: dos semanas en que por cuenta de la casa había meretrices complacientes, se servían veinte bueyes, mil quinientos pasteles y trescientos barriles de vino”.

Estamos sentados con veinte señorones en la mesa central del restaurante. Son todos muy correctos, inteligentes, receptivos, carismáticos, es el comedor de la perfección. Muchos consiguen gustar, igual que los políticos en campaña. Los muchachos de logística se sientan a un lado en una mesa pequeña y discreta. A veces preguntan algo y nadie les contesta. Se ven agotados, pero siempre son tan rápidos y serviciales que parece que los acabaran de abofetear. En la puerta aparece el gran S., un peso completo que no entra a un sitio público sino que hace una entrada. Tiene un blazer negro y un pantalón claro que contrasta con las medias verdes que le veré en los siguientes tres días. Tres días con las mismas medias es un rasgo de profunda humanidad. Yo hago lo mismo pero con los calzoncillos. Cambiarse de calzoncillos todos los días es para ricos. S. habla con propiedad de política, de la Academia Sueca, del papa, de ediciones y tirajes, del dólar. Siente mucho respeto por el comercio que prospera alrededor suyo. A veces se le oye decir “uno de mis libros”. Hace poco lo invitaron a hablar en La Sorbona. Le hago un comentario sobre las mujeres que caminan descalzas de noche por la calle. Hace un esfuerzo por parecer interesado. Me pregunta si soy de logística. Cambia de interlocutor. A todos les responde pronto y sin vacilación, como cuando uno contesta preguntas cuya respuesta no existe. Sabe tantas cosas: es imposible conversar con él. Es una obra completa. Siempre está dando una clase. Tiene mucho que afirmar. Pienso detenidamente y descubro afligido que yo no tengo nada que afirmar. Yo podría hacer literatura.

Ir a La Tertulia todas las noches no hace parte del programa oficial. Si junto a tres amigos que también son del encuentro venimos aquí es porque algo nos falta allá. O nos cansa. O aspiramos al estado mayor que pueda alcanzar un hombre: el anonimato. Hoy nos acompaña en la mesa alguien que recién conocemos: una mujer capaz de hacer que uno empape cinco pañuelos de babas. Tiene una sonrisa que es como si todas las luces se encendieran de golpe. La miramos pensando que ojalá sea de las que aceleran de cero a excitada en dos cervezas y media. A los pocos minutos desaparece, como si supiera que el principal atributo de la belleza es la fugacidad. Es medianoche y E. convive tranquilo con su costado borracho. Con frecuencia se le oye decir que todo lo que hacemos los hombres en la vida, lo hacemos por el amor de una mujer. In vino veritas: en esta mesa somos pocos y débiles y borrachos, traslúcidos, tóxicos, inocentes, violentos, minúsculos, arrastramos el mismo vacío, estamos igual de solos y perdidos, o sea que nos estamos encontrando.

Tres de la mañana. Cierro la puerta de la 309 y paso directo al balcón. Afuera no hay nada que registrar, salvo la inagotable maldad y belleza quieta del mundo ocupado por la nada tranquila de la noche.


Día 3

Son las nueve de la mañana. Un golpe de teléfono me saca de la cama. En recepción me esperan para llevarme a la charla que daré en la cárcel. Vuelo para llegar a tiempo. De afán y sin las provisiones de la canasta no pienso con claridad. En el hotel dejo olvidado el texto que preparé en calidad de manto salvador. Tardo media hora en pasar los filtros externos de entrada a la cárcel. Para autorizar mi ingreso al patio tres me hacen esperar en una oficina estrecha bordeada por gavetas grises. El escritorio tiene una superficie del color de los dientes sucios. Está junto a una mesa ennegrecida de tinta cuyo costado derecho sostiene un rodillo dactilar. La funcionaria es bizca con violencia. No es sonriente ni malhumorada. Está haciendo un papeleo interminable con un muchacho sentado en un butaco enfrente suyo. Está quieto, pero le tiemblan las manos y parpadea muy poco. Ella le hace preguntas para llenar un formulario y él responde con una voz apenas audible y entrecortada: tiene una hija, vive con su mamá en un barrio estrato uno, estudió hasta séptimo, no tiene trabajo fijo, y es la primera vez que está en una cárcel. Este es el momento de su entrada a la cárcel. Tiene la cabeza rapada, una larga pantaloneta de palmeras y una camiseta de un equipo de futbol. Le cuesta ponerse en pie para las cinco fotos desde todos los perfiles. Entrega dócil sus manos para que ella le confisque las huellas digitales de todos los dedos en tres planillas diferentes. Después de “tocar el piano”, como dijo la funcionaria, le hace sacar todo el contenido de los bolsillos: una moneda de quinientos, un papel arrugado con números telefónicos, un cigarrillo, un bombón. En una planilla alcanzo a ver que se llama Jaider, que tiene diecinueve años y que procede de Armenia. Por un momento me mira como pidiendo ayuda. Está viviendo el momento en que muere la juventud. Lo que le sigue a la juventud no es la adultez sino el miedo. El miedo es el encuentro mayor en la vida de cualquiera. El guardia lo conduce por un pasillo muy largo. Camina como luchando contra un fuerte viento enemigo. Por un instante voltea la cabeza y vuelve a mirarme, pero ya no logro identificarlo con el Jaider de la oficina porque su cara se ha endurecido.

Quince muchachos y dos viejos pertenecientes a un grupo llamado Comunidad Educativa comparten hora y media conmigo en un salón con unas sillas tan usadas que ya se les acabó la facultad de producir descanso. La actividad fue una entera mamadera de gallo, o sea que fue literaria. Aburrir a los internos es mucho peor que ofenderlos. Estaba titulada Relatos de guerra. Decidimos suprimir lo de relatos y lo de guerra. Nos contamos historias y ya. Hicimos un análisis epistemológico sobre los diferentes tamaños y formas de tetas y culos femeninos. Hablamos mal del gobierno. A Sergio le gustaba leer pero en una pelea se le rompieron las gafas y Mono dice que desde el primer día que llegó empezó a llenar cuadernos con poemas y ya tiene un cerro. Cuando terminamos me despido, como si irse de aquí fuera algo lógico. A todos les vuelve la cara endurecida de Jaider.

En el televisor del restaurante pasan imágenes del papa soportando a una Colombia capaz de soportar la visita de una papa. Son las doce y almuerzo solo hasta que el pesado bloque de escritores me aplasta. En la tarde asisto a una conferencia sobre memoria de la que no recuerdo nada. Lo que sí recuerdo es lo entretenido que fue conversar con N., periodista de trinchera, gran contador de historias y un bailarín de salsa que no baila sino que quema baldosa. Nos cuenta que una vez Karl Marx lo hizo ganar plata: con unos amigos establecieron un premio de veinte mil pesos al que fuera capaz de leer El capital y demostrarlo. Él ganó, pero le costó seis meses de flagelación. Está seguro de que la mamá de Marx sufrió muchísimo con un hijo que se dedicó a escribir sobre el capital en lugar de amasar un capital. Estar en la Casa de la Cultura empieza a enzorrarme. Hay gente entrando y saliendo, organizadores estresados con cara de diablo, cámaras y micrófonos, conversaciones fragmentadas, cansancios acumulados que acaban con el buen juicio. El placer se les agota. Digan lo que digan, el objetivo al que apuntan todos los actos del hombre es el placer. Lo malo es que quien quiere tener siempre marea alta se expone a la rotura del dique. Ya quiero estar en La Tertulia para ser un poquito más yo. Pues resulta que esta noche se me fue la mano siendo yo y no sé cómo ni a qué hora llegué al hotel.


Día 4

Si uno no puede levantarse a las dos de la tarde ha fracasado en la vida. Sin levantarme leí Contribución al vacío, de Symborska. En su discurso al recibir el Nobel habla de la frase “no lo sé”, que es pequeña pero vuela con alas poderosas. Porque contiene el misterio de la poesía. Dos horas de David Foster Wallace pueden cambiarle la vida a cualquiera. Tiene esa cosa punk irónica y arbitraria. El mundo es muy Foster Wallace. Ya son tres días de saqueo parejo a la canasta. Siempre aparece milagrosamente colmada y dispuesta. Soy propenso a la diabetes, y al ver la abundancia de dulces empiezo a creer que este hotel se vale de perversas investigaciones sobre las debilidades de los huéspedes. La 309 huele a chocolatina y a cerveza tibia. Si pudiera ver las habitaciones de los otros invitados sabría en realidad quiénes son. Almuerzo en la galería felizmente solo, felizmente rodeado de personas que no son escritores. Hay un ajetreo de bultos y mercancías, tomates y repollos, risas gritadas e insultos, caldos de costilla y perros callejeros. A eso de las tres, como animales furtivos, empiezan a aparecer escritores y periodistas en dirección a la Casa de la Cultura.

La Casa de la Cultura: todos los pueblos tienen una. Las administraciones están convencidas de que si no la tuvieran no tendrían cultura. La cultura, dicen, necesita donde exhibirse, necesita un edificio como este: solemne, cercado, legítimo, un pastel con aires de buen gusto. El buen gusto es la última y más vil de todas las invenciones humanas. Por dentro el lugar se parece a una clínica dental. Hay una asepsia esmerada en todo el edificio menos en los baños. Para entrar hay que someterse al escrutinio visual del vigilante. Gente entra y sale y desde un auditorio se oyen aplausos y escritores en el escenario respondiendo preguntas porque los lectores son esa gente que hay que respetar. Público bien mercantil. Tiene mucho en común con el que abarrota las ferias del libro para comprar y los festivales literarios para preguntar sobre lo que no le ha quedado tiempo de leer. Una vez Augusto Monterroso dio una charla en el auditorio de Canal 7 y alguien del público le hizo una pregunta con este encabezado: “Maestro, lo admiro, El dinosaurio me parece una obra maestra, y eso que apenas voy por la mitad…”

Sobre el escenario una periodista habla y habla como taladro sin detenerse a coger impulso. Es talentosa para la figuración y estridente como el punto y coma. Su voz al micrófono golpea los oídos. Lo que dice pasa fácilmente al olvido pero el chillido permanece. Mi resistencia se pulla. El auditorio está abarrotado porque esto tiene que ver con Youtube. Las salidas están bloqueadas. Me falta el aire. Contemplo la posibilidad de saltar por la ventana. No es que me antoje de cerveza porque sí, es que hay cosas que lo empujan a uno. Un youtuber es la prueba de que el desarrollo tecnológico hizo explotar la vanidad del ser humano en su variante más estúpida. Están de moda los periodistas que buscan ponerse de moda perfeccionando el famoso género del periodismo de afán.

En el auditorio principal tiene lugar un tenso debate entre dos académicas (soy incapaz de resumirlo sin enredarme). Uno de esos que dan la impresión de que la literatura se trata de vana esgrima intelectual de universidad. Entre la literatura y la universidad hay tanta distancia como entre el charco y la luna. Me detengo a pensar qué estoy haciendo aquí si hay tanto que encuentro agreste y anodino. Parezco un celador esperando que pase rápido el tiempo. Estoy insignificantemente agotado. De haberme quedado todo el día en la 309 leyendo también estaría agotado, pero no insignificante. Una imagen justifica la tarde. Mientras estuve sentado junto a un amplio ventanal del edificio, el viento que barría la calle arrastraba un pedazo de papel brillante y una niña lo perseguía para aplastarlo con el pie. El papel avanzaba y ella se lanzaba, volvía a avanzar y ella se lanzaba, y así por toda la calle. Con la actitud parecía decirle quédate quieto para que pueda pisarte, igual que la escritura resistiéndose a dejarse atrapar.

Me faltó mencionar que fui a una biblioteca a dar un taller de cuento. El bibliotecario que me recibió era un hombre muy amable. Había unas veinte personas que me trataron como a un rey. Fui a enseñarles las cosas que necesito aprender. Sentí como si les estuviera robando la billetera. Les confesé mi estado de guayabo avanzado. Parecían gustar de la irreverencia sin careta. Detectaron cuánto tiene de careta mi irreverencia. Oscar, de doce años, escribió, editó, imprimió y encuadernó un libro de poemas. El bibliotecario me propuso que, antes del taller, le diéramos media hora para que presentara su libro. Y Oscar así lo hizo: “Aquí está el libro, se llama La noche, se los presento, gracias, hasta luego”, y se fue. Duró nueve segundos. Nueve segundos para encontrar lo que llevan cuatro días buscando los escritores del encuentro. Oscar seguirá siendo mi faro.

Fotos: Hemingway fotografiado por Robert Capa, Pinterest