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CHIRIBIQUETE, La maloka cósmica de los hombres jaguar

CHIRIBIQUETE La maloka cósmica de los hombres jaguar Carlos Castaño-Uribe Villegas Editores-Sura


Por Daniel Ferreira

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Los murales


Antes estuvo el mar. Después Pangea emergió como ciudad de piedra. Luego la anaconda bajó de la vía láctea y se convirtió en río, y el jaguar con el oro en su piel vino del sol a cuidar de la selva. El tiempo no existía. Bastaba con el día y la noche. Aparecieron las dantas, los venados, las guacamayas azules y todos los seres que emergieron del agua. Luego estuvo el ser humano por, más o menos, veinte mil años. Ocupó la ciudad de piedra y con las plantas sagradas aprendió a transfigurarse en jaguar. Luego pasó un alemán, Philipp Hutten, en busca de El Dorado a órdenes del rey de España. Luego pasaron los dominicos y los franciscanos y los jesuitas. Luego los caucheros. Más tarde los evangélicos norteamericanos. Luego la guerrilla. Luego los paisas. Luego los narcos. Y al final los antropólogos y los eco turistas. Cuando Carlos Castaño-Uribe descubrió Chiribiquete esa serranía ya estaba muy descubierta.

El hoy Parque Nacional Serranía de Chibiquete ubicado en el piedemonte amazónico colombiano es un refugio silvestre y un bosque primario de cuatro millones de hectáreas. Se calcula más de 200.000 pictografías en las paredes de sus tepuyes que describen un milenario culto solar de 20.000 años. Esas pinturas pudieron haber sido hechas por pueblos anteriores a la nación Karijona que habita actualmente aquellas selvas y que eligieron las mesetas como sitio sagrado.
La serranía la había atisbado y recorrido antes  un geólogo: Van der Hammen. Y antes Dolmatoff, un antropólogo. Y antes un botánico, Richard Evans Schultes. Y descendiendo el Apaporis estuvo antes de todos ellos un explorador y etnógrafo: Grümberg. Gente blanca y bien informada, advertida de que era el ecuador del planeta, la primera cresta que emergió del mar y con una biodiversidad sin par sobre la tierra. Exploradores iban tras las huellas de otros exploradores, cada uno descubriendo algo que los indígenas ya sabían a su modo. Algunos en busca de mejores semillas de látex para la producción de caucho de la guerra, en busca de los misterios de las lenguas Carijona y el tronco tahíno (y las de otras etnias: Andoke, Coreguaje, Muinane, Cubeo, Cabiyaru, Bora) para catequizar a los indios remisos, otros para esclavizar a los huitotos, o entrar en contacto con los nómadas nukak.

El libro a gran formato de Carlos Castaño-Uribe contiene un seguimiento fotográfico de treinta años del Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete y una metodología para el estudio de los petroglifos plasmados en sus abrigos que son un tesoro de la humanidad. El concepto hombre-jaguar es definido desde diversas cosmogonías indígenas sin llegar a agotarse. De hecho casi todo el libro se enfoca en describirlo como si estuviera siendo dictado directamente por la escritura simbólica de los 61 murales registrados, algunos con hasta 4000 y 1500 dibujos.

Por un lado, el ser humano y el jaguar son los depredadores mayores de esos confines y los murales plasman las prácticas milenarias de cacería y el equilibrio ecológico del bosque primario tropical. Por otro lado, las plantas sagradas desataron un ombligo de luminosos filamentos que comunican a cada ser viviente con el todo, y así también queda registrado en las figuras más recurrentes de esa escritura plasmada en las peñas: la abstracción de jaguar y sus piezas de caza, y al mismo tiempo la del ser humano bidimensional que aprende del jaguar hasta transfigurarse en el propio animal.

En algunas de las fotografías de larga exposición se aprecia Chiribiquete como un inmenso observatorio natural del universo. La vía láctea vista desde allí es un calendario cósmico inalterable, explica Castaño-Uribe en los pies de foto. A diferencia de la vista mutable desde los hemisferios, Chiribiquete avanza por el cosmos como una canoa en una sola dirección a lo largo de la noche y eso también quedó cifrado en esa escritura con miles de años.


Fuente: El Espectador

Si inagotables interpretaciones pueden surgir solo de esos dos elementos, cosmos-grandes cazadores, una mirada a los periodos de precipitaciones o a las migraciones de la fauna por las sequías o los secretos botánicos y los caprichos de la naturaleza del bosque primario requerirían de una historia natural, un diccionario y una enciclopedia de ese pequeño confín de la tierra. Esa parte, sin embargo, no está presente más que de un modo tangencial, porque es un libro antropológico. Y esa es su limitación. De hecho, la prosa por momentos intenta ser técnica, ecléctica, didáctica, por momentos histórica, por momentos obsesivamente precisa, para lo cual se apoya en exceso en la paráfrasis y en la citación de los anteriores visitantes y pies de página que se vuelven engorrosos en el ir y venir por el volumen del libro, pero muchas de esas irregularidades estilísticas se hubieran podido zanjar con una obra a varias manos, donde incluso la poesía podría haber prestado un servicio notable al darle otra dimensión a la interpretación del mito. Es un libro en nueve capítulos (y anexos) que contienen a su vez subencabezados que hacen despliegue de cierta  masonería antropológica, pero deja la biología y la geografía solo en lo meramente divulgativo. Aunque hay que reconocer  que recoge y hace paráfrasis de lo más completo que se ha publicado sobre esa serranía y sus pueblos originarios.

Otro aspecto que enfatiza el libro es el largo camino institucional para la declaratoria de Parque Nacional Natural y luego Patrimonio Mixto de la Humanidad por la Unesco. Salta a la vista la gestión del autor como director de Parques Nacionales y su formación de antropólogo que ha absorbido de las fuentes primordiales de todos los antropólogos y etnógrafos que han recorrido la zona de los ríos de la anaconda, como Dolmatoff, Roberto Pineda, Fernando Urbina et al. Castaño-Uribe ha cifrado en su libro información  valiosa del escudo guayanés en general, sistema que agrupa formaciones geológicas de similares características entre Venezuela, Colombia, las Guayanas y Brasil. Pero los capítulos centrales del libro están destinados a tasar los dibujos que datan presencia humana en Chiribiquete desde hace veinte mil años. Algunos abren subtemas que solo se sugieren, pero no se profundizan, como biodiversidad, cuencas, bosques, suelos. La huella humana acaso sea la mínima parte de la envergadura del verdadero “descubrimiento” y tesoro del Chiribiquete.

Lo anterior quizá parezca una desilusión, pero acaso es solo una expectativa personal y un gran interrogante que surge de la lectura del libro. Quizá algunos estamos hartos de “descubrimientos” y “descubridores”. Lo que Castaño-Uribe llama descubrimiento se refiere a la idea de un parque, una zona protegida, pero un parque es ya una delimitación imaginaria. Todo movimiento sobre una superficie plana y abstracta carece de algo esencial para ser entendido: la realidad. Cuando ves un mapa no ves la gente que vive ahí, ni los tigres, ni las dantas, ni los chigüiros, ni las guacamayas ni la diversidad de las plantas ni la complejidad de sus dinámicas y problemáticas. Un mapa no es un territorio. Por eso cuando un territorio es considerado baldío como para el Estado colombiano amplias zonas del vaúpes y el guaviare (zona de influencia de la Lindosa y Parque Nukak) y antes caquetania y el Guainía (el Yarí, coleta de los llanos, y el piedemonte amazónico, Apaporis) y El Refugio (ahora Sierra de la Macarena), es porque se están mirando los mapas vaciados de gente. Y sí que hay gente en los confines desde hace décadas, y en Chiribiquete desde hace milenios.

Carlos Castaño-Uribe | Las 2 orillas

Los confines


Leo en Apaporis de Alfredo Molano que los gobiernos desde Abadía, insigne represor de la clase obrera, se empeñaron en llevar colonos para desarrollar las tierras limítrofes donde “no había gente”. Gente había, pero había que civilizarlos.

José Eustasio Rivera, quien fue uno de los primeros en dar la alarma del desconocimiento de los colombianos de la propia Colombia, dijo en una de sus columnas de prensa: “el pueblo colombiano desconoce el tamaño de su territorio”.  Y el gobierno también.

Para los años 20 no había Google Earth donde uno pudiera rastrear las grandes quemas y las pistas clandestinas de avionetas que abren los narcos y los mineros cada mes. Sentada la Comisión Limítrofe, encabezada por Rivera, que separó a Colombia de Venezuela por el Arauca y el Orinoco, y a Brasil por el Caquetá convertido en Vaupés y luego en Río negro, Rivera demostró que todos esos ríos internacionales eran más largos que el Magdalena y que de no trazar bien la raya, los vecinos la trazarían a su antojo sobre esa Colombia "vacía". (Comillas mías).

Los peruanos invadieron el trapecio amazónico mucho antes del 32 cuando fue la guerra.  Se estima que los caucheros de la Casa Arana mataron a treinta mil indígenas desde 1905 a 1918 en la cuenca del río Putumayo (ver Libro rojo del putumayo). Quince años después, el general Vásquez Cobo, que ganaría la guerra bombardeando con cocos a falta de bombas, sugería en su precandidatura presidencial repoblar las tierras entre el Putumayo y el Amazonas vaciadas de huitotos (esta vez sí vaciadas porque los huitotos se dieron a la diáspora después del fin de la bonanza cauchera y se reasentaron en las serranías de tepuyes, como Chiribiquete y las cachiveras del Apaporis) donde llegaron los paisas para la segunda bonanza, la de los años 50 a 60, también de caucho, antes de la Coca.

Los sobrevivientes de la guerra partidista que huyeron del sur del Tolima y del Llano hacia la región de El Pato y El Guayabero recibieron una década después, años 60, a los colonos que envió en aviones Catalina Guillermo León Valencia para poblar desde el Guayabero hasta el piedemonte: el Tunia, Yaguara I -II, La Lindosa y el Guaviare. Una sola familia, los Lara, abrió trochas y trillas para llevar hatos de ganado desde el Caquetá hasta los Llanos de San Martín y a los mercados de la cordillera oriental, por Florencia y el Orteguaza.

En los años sesentas del siglo pasado hubo una segunda fiebre del caucho, protagonizada por los paisas (puede leerse al respecto en Mi alma se la dejo al diablo de Castro Caicedo), que no duró tanto ni sometió a la gente al endeude y el exterminio de los peruanos, pero dejó sentadas las bases de la siguiente etapa de bonanza: el narcotrafico. El río Apaporis ya en los años cincuenta tenía caucheros, delincuentes y  mineros fundando pueblos y violando indígenas.

En los ochentas llegaron las Farc para entrenar en Chiribiquete a sus columnas de élite. Es justo ahí cuando Castaño-Uribe, que sobrevolaba en medio de una tormenta, se desvió de ruta, atisbó los tepuyes del Chiribiteri y entonces "lo descubrió", es decir atisbó la ciudad de piedra desde el aire, justo cuando llevaba veinte mil años (carbono catorce en los tintes de los abrigos con pictogramas) bien descubierta.


Chiribiquete, La maloka cósmica de los hombres jaguar | Ed. Villegas-Sura


Las cuatro millones de hectáreas



Desde 2018 Chiribiquete es Patrimonio Mixto de la humanidad y sus fotos muestran el brillo nostálgico de aquello que está por desaparecer. El último gesto de Juan Manuel Santos en las postrimerías de su gobierno fue ampliar de dos millones a cuatro millones las hectáreas protegidas para blindar el centro de la serranía. Pero se necesitaría de por lo menos dos millones de hectáreas más para proteger la zona de influencia del parque.

Mientras el proceso de paz terminaba, se conocieron avistamientos aéreos de Chiribiquete, imágenes exclusivas de sus pinturas y su fantástico “Estadio”, uno de los tepuyes con una oquedad circular, fotos de deportistas extremos posando junto a los domos de las pictografías y las fotos exclusivas que liberó un guerrillero en la X conferencia y que aparecieron publicadas en El Espectador.

No sería raro que alguno de los visitantes que pudieron aprovechar esa mínima apertura hubiera escalado los tepuyes así como algunos guerrilleros dejaron sus nombres con fecha consignada (1992), y otros hubiesen cazado jaguares, porque esas son las ventajas de ser los pioneros o "descubridores" de un lugar que ha estado en veda y al margen de la explotación humana a gran escala: dejar huella.

Se conoció igualmente un documental llamado Colombia magia salvaje que mostraba un inventario de animalitos exóticos en las mismas zonas exhuberantes de bosques donde se concentran los proyectos extractivos de minería y exploración de hidrocarburos motivados por las "locomotoras mineras" del gobierno de Juan Manuel Santos, el mismo de las dos millones de hectáreas declaradas. El documental contenía además postales de La Sierra Nevada, Santurbán, Cocora, Chiribiquete, y otros que están seriamente amenazados por ser vistos como "recursos". Incluso algunos recordamos la postal folclórica de esos años en que Santos y el príncipe Carlos fueron a bañarse en Caño Cristales y los niños vestidos de gala con la banda de vientos que la cortesana comitiva ignoró. Las áreas protegidas de ese gobierno son las áreas donde se concedieron las licencias para las locomotoras mineras, notable paradoja.

Después de la paz volvió la guerra. Hoy Chiribiquete está cerrado para todo aquel que no tenga intereses en el narcotráfico. La disidencia de las Farc que rechazó los acuerdos dominan la zona de influencia. El libro propone que la mejor manera de conservar Chiribiquete es darlo por despoblado y dejarlo tal y como está, es decir "pulpito". Se recomienda no visitarlo, ni siquiera por aire, debido a la fragilidad del sistema. Sin embargo, en lugar de dejar al libre albedrío lo que sea que implique o signifique esa propuesta,  con investigaciones como la de Castaño-Uribe y su equipo podríamos aprender de los territorios por la gente que los ha habitado desde hace siglos sin alterarlos y podríamos aprender algo de donde ya antes tuvimos otros Chiribiquetes en Colombia y aprender de sus procesos de colonización y frontera agraria y problemáticas actuales para evitar que ocurra lo mismo en la Maloka cósmica de los hombres jaguar, que mañana no tendrá ni malocas, ni jaguares y sí muchos seres humanos y ganado y dragas mineras.


La maloka inagotable



El libro de Carlos Castaño-Uribe: Chiribiquete, la maloka cósmica de los hombres jaguar es probablemente el libro más hermoso publicado en Colombia en los últimos años, y la despedida del mayor editor de libros de gran formato en Colombia: Benjamín Villegas (quien ha anunciado su retiro como editor después de 40 años de labor que no el cierre de la editorial, valga aclarar). Hermoso como esos libros que publicaban los bancos antiguamente, como El escudo guayanés, del Banco de Occidente. Tiene dos versiones, una a bajo costo (desconozco el contenido), y otra a gran formato con fotografías que muestran que Colombia tiene un lugar de belleza inconcebible. Pero la belleza es más fácil de fotografiar que la microbiología, o que la diversidad etnolingüística y que todos los otros milagros biológicos que se esconden en este refugio y que están amenazados. Chiribiquete es un territorio en equilibrio, o mejor: territorio de pueblos ancestrales que han vivido en equilibrio con su ecosistema desde antes de que existiera “la historia” de la humanidad. Porque no está despoblado. Hay varias comunidades indígenas, algunas no contactadas. Y esa diversidad está amenazada.


Chiribiquete | Fernando Trujillo | Google

La versión a gran formato tiene nueve capítulos que agrupan todo lo que puede saberse por ahora de sus misterios étnicos y de sus tesoros biológicos: la naturaleza de sus abrigos de pictogramas que registran la presencia de pobladores desde hace veinte mil años; la interpretación cosmológica de los mitos fundacionales de los pueblos de los ríos de la Ananconda y el culto del sol; la relación entre territorio sagrado-vida-cosmos con conceptos tan abstractos como canoa-maloca-ayahuasca-chamán; la descripción minuciosa de los dibujos hallados, las prácticas de los pueblos indígenas y su relación con el territorio; el inventario de los elementos e instrumentos humanos descritos en esos dibujos; la descripción comparativa de los códigos y símbolos que se repiten en los registros arqueológicos de otros pueblos que dejaron su huella en los tepuyes del escudo guayanés; la consolidación de un concepto que acaso será clave para las investigaciones antropológicas y científicas que se enmarquen en el territorio amazónico en el porvenir: el neotrópico, y la historia de la declaratoria de zona protegida y patrimonio mixto de la humanidad; una serie de acciones y recomendaciones de políticas para la conservación, con énfasis en algunos de los temas más sensibles del pie de monte amazónico: el mapa de los grupos aislados no contactados. Para los que quieran profundizar en esas tierras raras, en los anexos hay una bibliografía extensa sobre estudios del Neotrópico, un glosario que más que léxico es una introducción a conceptos clave del pensamiento ancestral y el largo índice de créditos y de fotógrafos. El libro de Villegas Editores y el Banco Sura consta de 400 páginas y en cada página encontrará como mínimo de una a tres fotografías, así que sume usted y decida si vale o no lo que cuesta. 

Un libro de temática tan enciclopédica hubiera podido disponer de otras miradas: la socio-lingüística, la sociología, la biología, la botánica, la astronómica, la ornitología. Y es que los murales no serán el blindaje que inspirará en las generaciones venideras el mandato de protección de esa región. Los indígenas son los únicos que pueden reclamar la pertenencia a esta tierra. Pero los indígenas no serán tenidos en cuenta. En el libro solo aparecen como comunidades "no contactadas". El Estado los ha desdeñado. Ni los U'wa del Cocuy a quienes implantarán la explotación petrolera tarde o temprano, ni los Koguis de la Sierra en cuyos territorios se apresta a desembarcar la minería a gran escala, ni los Nasa del Cauca exterminados por bandas paramilitares pagadas por carteles mexicanos, terratenientes y corruptos, ni los Wayú de la guajira a quienes una multinacional del carbón les privatizó el río Ranchería, ni los Embera a quienes masacraron paramilitares antes de que se abriera paso a las hidroeléctricas, ningún pueblo  indígena importa para los poderosos que dominan el Estado y los líderes están siendo exterminados en uno de los más cobardes genocidios de los que en Colombia han sido. ¿Por qué habrían de importar los pueblos "no contactados"? ¿Cómo podrían reclamar algo? ¿Tienen la palabra "progreso" en su idioma y significa lo mismo que en el resto del mundo: dinero? ¿Pueden leer la interpretación libre de las pictografías que han hecho los etnógrafos?  Han sido oprimidos, expropiadas sus tierras, violado sus territorios, desviados sus río. En cien años habrá más de cien millones de habitantes en Colombia y Chiribiquete estará atravesado por caminos y los animales estarán cazados, y a los indígenas los habrán exterminado. En la Maloka cósmica, los hombres jaguar también están en vías de extinción. D.F.

Si se desdeña la naturaleza esencial del bosque primario, si se desconoce su riqueza biológica, si no se permite el acceso a expertos, si no se protege a las etnias, y si no se trabaja con los habitantes y comunidades de la zona de influencia para que defiendan su territorio del depredador con capital, Chiribiquete será un coto de caza, y una despensa de recursos para las trasnacionales, los terratenientes, los narcotraficantes y los que vengan en las bonanzas del porvenir.

Chiribiquete permanece aún como hace milenios, por su condición de confin y por ser aún bosque primario. También porque la guerra entre el Estado y las extintas Farc hacían impenetrable esas tierras. Pero la disidencia y el remanente de los sectores armados que no se acogieron a la paz tienen una "gestión ambiental" distinta de las regiones donde operan. Donde antes había protección y veda hoy hay deforestación e impuestos. Y el Gobierno actual, sin intenciones de implementar la paz y empeñado en perpetuar la política norteamericana de "guerra contra las drogas" y basar sus políticas en la extracción, harán que el máximo protector de ayer se convierta mañana la principal amenaza. Apoderarse de los territorios indígenas, otorgar licencias y títulos de explotación minera, mantener la guerra contra las drogas, no implementar los acuerdos de paz en las comunidades campesinas, dar liquidez a los bancos, son las amenazas latentes para el bosque primario tropical. La trocha ganadera y las cenizas altas de las quemas hechas con préstamos bancarios ya van llegando al Apaporis, el río de la Anaconda.

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Reel promocional declaratoria Chiribiquete Patrimonio Mixto de la Humanidad | Parques Nacionales-Minambiente
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Lecturas recomendadas:

  • Libro digital: Herederos del jaguar y la anaconda / Nina S. de Friedemann y Jaime Arocha ; presentación, Carlos Guillermo Páramo Bonilla | Biblioteca básica de cultura colombiana

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