Terremotos lentos: Crónica de un invierno en Santiago


Por Rodolfo Lara Mendoza


A Roberto Merino

1.

Estar aquí y no conocer a nadie, sin haber hecho amigos y a lo sumo, como aquel personaje de Las hojas del ciprés, de Borges, teniendo solo un enemigo: el tipo que en la calle Padre Luis de Valdivia te prohibió pasar por la acera en la que se encontraba. Saber que el tipo estaba solo con su cigarrillo y al mismo tiempo con alguno de sus fantasmas. Saber que ahora también tú tienes tus fantasmas: el fantasma de querer encontrártelo de nuevo y darle una tunda; el fantasma de temer encontrártelo de nuevo y ablandarte, sobre todo después de decirte a ti mismo, mientras te bajabas de la acera para evitar su furia, que en otra situación habrías peleado, habrías hecho valer tu lugar en el mundo. Pero tres meses después de aterrizar en Santiago tu visa se ha vencido, no tienes un tiquete de regreso y esa cosa a la que llamas “tu lugar en el mundo”, y que no es más que un cliché que esgrimes a manera de autoengaño, te ha mostrado su rostro verdadero.
Estar aquí y no conocer a nadie, dijiste, a sabiendas de que los modos del estar son tantos que la frase pierde sentido. Pues es posible estar en Baquedano con el cuerpo, pero con la cabeza en otra parte. O en otra parte con el cuerpo, al tiempo que tu memoria reconstruye la imagen del ángel y el león que viste en Baquedano. O mejor aún y un poco más perverso: estar en Baquedano con el cuerpo mientras imaginas que estás en otro lado recordando, como algo ya pasado, la escultura del ángel y el león que está frente a tus ojos. Ni qué decir del conocer. Hay toda una sección en el mall de la filosofía dedicada a ese concepto. Y tú caminas entre los estantes y escoges el conocer con los sentidos como quien escoge entre marcas de leche una de nombre agradable. Y la bebes a pico. Y parte del sabor y la textura de esa leche te empujan a aceptar de forma incuestionable la existencia de lo que percibes. Pero chocas contra esa certeza, porque en este caso percibes no solo una ciudad sino tres meses de ciudad. Lo cual lo complejiza todo, pues al no tener lugar únicamente en el espacio sino también en el tiempo, en una misma ciudad coexisten múltiples ciudades y cada una se arranca a sus cimientos segundo tras segundo hasta instalarse en ese espacio enrarecido de la memoria.
Tres meses en Santiago, una ciudad cuyo arrancarse a sus cimientos se evidencia cada vez que tiembla. La primera vez pasó mientras dormías y fue como salir a caballo del sueño. La segunda, mientras esperabas en un andén del metro. La tercera, mientras leías en la Biblioteca Nacional una crónica de Joaquín Edwards Bello que habla de la demolición de una casa. En ese instante sentiste que las líneas de la realidad y la ficción convergían como en un cuento de Cortázar. El resto de veces no sentiste nada.
Tres meses en Santiago y en invierno. Una estación que no conoces y que ha ralentizado tu memoria al punto de reducir tu experiencia a un manojo de calles que el recuerdo superpone de manera obscena. O que la ha cristalizado en ese perro que en Merced ha entrado a una tienda de sexo. Acaso sea el mismo que después de caminar junto a ti por ese lado del cerro donde las gitanas te quitaron tres mil pesos, ha levantado las orejas al detenerse un bus, meneado su cola al ver bajarse a alguien y al término se ha subido como cualquier pasajero.
El recuerdo de ese perro te persigue. Lo has puesto junto a la palabra “Santiago” como única definición de esto que vives. Y eres tú ese perro. El mismo que ahora viaja a bordo de un bus con un hombre al lado. El hombre lleva un portafolios del que ignoras su contenido. Tu olfato no te dice nada. Lo que hay adentro es tan oscuro como tu sentimiento. Pero a diferencia de lo que guarda el portafolios, el sentimiento sí es tuyo. El sentimiento de ir a bordo de un país que no comprendes porque es una suma tan grande de cosas que resulta inútil tratar de enumerarlas. ¿Pero acaso no es también eso mismo tu país: una suma tan grande de cosas que es inútil tratar de enumerarlas? Más cuando te sabes parte de esas cosas y entiendes que tal como anunciara Heisenberg, los mecanismos de medición alteran a su vez lo medido.  Heisenberg lo llamó incertidumbre. Principio de incertidumbre, para ser más exactos. Heisenberg, que padeció la incertidumbre de tener sangre judía en un contexto en el que los judíos eran exterminados. Su principio choca con la idea de predictibilidad, pues si no puedes saber con certeza dónde está una partícula en un instante determinado, no podrás saber dónde estará nunca. Y es justo lo que sucede con tu vida. Lo que sucede a toda vida. Y sin embargo esa fe. La fe del saberte. Esa que te asalta a diario disfrazada de certeza. La certeza de que caminas por Huérfanos mirando las vitrinas a la par que respiras el humo de los fumadores. Habrá en esta ciudad quien diga que no dejó de fumar, sino que se cambió de calle.
Y es esa también una fe. Como la de saberte en el mercado de La Vega traicionando a los aguacates con el nombre de “palta” o verte perdido por Yungay, entre casas coloridas que te venden la ilusión de andar por tu ciudad. O la de despertar a medianoche en tu habitación de la calle Namur donde se cuelan nítidos los ruidos de la calle: ahora, la conversación de dos borrachos que en la alta noche deciden su destino. Luego, el cuadro de celos que una chica le ha montado a su pareja. Después, los gritos de un hombre que está siendo asaltado y, un poco más tarde, tal vez demasiado tarde para el desgraciado, la estática y la voz que sale de la radio de un carabinero.
La fe de estar aquí y no conocer a nadie (si acaso a tu mujer, pero eso es otro cuento, pues con ella pesa además el extrañamiento del idioma). La fe como una máscara que pones sobre el rostro de tu extrañamiento. Como en la tragedia griega. Y de veras que es trágico ese autoengaño. O más bien cómico. O por lo menos se mueve en esa dimensión de lo trágico que te produce en principio ganas de llorar pero que un raro mecanismo interior trastoca en risa al último momento. Como cuando ves una película de Chaplin y sale a la luz el absurdo del mundo, y entiendes que hay una dimensión de lo cómico más terrible que cualquier tragedia.
Tal vez el agregar a ese extrañamiento más extrañamiento permita aproximarnos al tema. Entender lo que se cuece detrás. Un poco como el fabricante de espejos de Juan Manuel Roca, que al horror agrega más horror, más belleza a la belleza. O el Borges de Tlon, Uqbar, Orbis, Tertius, que abomina de la paternidad y los espejos, pero insiste en hacerlos fuente de su literatura. Lo propio puede hacerse con el extrañamiento. El mismo lazo se tuerce sobre uno y otros. Sobre el extrañamiento y los espejos. No en vano Lacan habla de una etapa en la que el espejo juega un rol fundamental: la del descubrimiento del propio reflejo como un yo que enajena, pues no es el niño contemplándose a sí mismo sino a otro niño cuya imagen no se corresponde con lo que él está sintiendo, pero que en cierta forma es él, víctima de ese distanciamiento que al término dará origen a la idealización del mundo y al reino de las cosas inalcanzables. 
Decides entonces buscarte en tu reflejo. En los haitianos que entre los grises del ajuar invernal destacan con sus chaquetas de colores. No parecen tan perdidos como tú o lo ocultan mejor. Tampoco los venezolanos dan muestras de extrañamiento. Atienden bares, sirven en restaurantes, despachan cilindros de gas. Los ves moverse a sus anchas. Uno con pantalones caídos y gorra de los Yankees se jura en Nueva York. También los artistas de la calle dirimen a la perfección su drama. Así el pintor al que tratas de consolar de las tribulaciones de su vida doméstica hablándole de Modigliani. O el tamborero que toca con frenesí un balde de plástico a cambio de monedas. O el Michael Jackson que detiene el tráfico con su baile frente a una pizzería en la calle Merced.
En el 372 de esa calle hay un café. Sirven tazas que al principio te causan conmoción por venir repletas de borrá y tras comprobar que algunos clientes dan cuenta hasta del último gramo, limpiando con los dedos el fondo de la taza. Es un espacio decorado con objetos que en conjunto te generan una caótica impresión, pero que vistos en su particularidad o asociados con paciencia en lo que tardas en tomarte ese café, lucen bien e incluso parecen transpirar cierto aire intelectual. Te llaman la atención entre esa miscelánea los cuadros de diferente estilo y tamaño, las leyendas alusivas al buen servicio escritas a la carrera sobre alguna pared y el viejo piano vertical en el que reza una advertencia puesta a mano sobre un trozo de cartón: “No lo toque si no lo sabe tocar”. Frecuentaste ese café en tus primeras semanas. La amabilidad del propietario y la calidez de las muchachas te hacían sentir en casa. Una de ellas siempre estaba de espaldas, lavando platos mientras te hablaba, preparando empanadas mientras le hablabas, a intervalos oteando el local a través de un espejo. Siempre de espaldas. Ya en la calle seguías viendo esa espalda. Dejaste de frecuentar el café cuando la espalda de la muchacha se metió en tus sueños.
En Lastarria con Rosal, sobre la fachada de un edificio, hay un trampantojo. Puertas y ventanas pintadas sobre los muros alternan con las reales. Portones abiertos a otra dimensión dan lugar a un taller de arte, a un vagón tirado por caballos, a una tienda de verduras, a una pareja sentada a la mesa de un bar. Aquí y allá mujeres y niños, perros y hombres, gallinas, una bicicleta, todo en una ilusión que abarca los cuatro pisos del inmueble. La gente se saca fotos posando como ante un cuadro. Algunos buscan un ángulo que los integre a la ilusión. Aquello te confunde: una pintura que finge una realidad en la que muchos buscan colarse intentando hacerse más reales.
A media cuadra, camino hacia la Universidad Católica, hay una iglesia pequeña de color ladrillo. Tendidos junto a su puerta dos indigentes son asistidos por la gente que pasa. Nadie los critica o señala, lo cual es motivo de extrañamiento. Pero no de extrañamiento en otros sino en ti que has vivido la vergüenza de pasar de largo y no ofrecerles nada. Pero esta noche, ebrio, les ofreces un completo. Te has devuelto hasta un local y, al pedirlo, reparas en que no los has probado. El saberlo te despierta a la extrañeza de lo que estás haciendo. Pero dejas que el impulso siga, que se abra camino a ciegas como esas lombrices que en tu ciudad natal aparecen después de la lluvia. Recibes del mesero un perro caliente al que en lugar de papitas le han echado aguacate. Los indigentes se emocionan al recibirlo. Son como cínicos antiguos. Obtienen comida de la gente, pernoctan en un zaguán y allí conversan, juegan cartas y duermen bajo gruesas sábanas. ¿Y el baño?, les preguntas. Vamos a Starbucks, responden casi en coro. También has ido a ese baño y no ignoras que aunque los cínicos antiguos orinaban en público, se mea bastante a gusto en Starbucks. Lo otro es más complicado, pues siempre hay alguien tocando a la puerta y al final el olor a mierda te delata. A los cínicos antiguos no les importaba. Naturalia non sunt turpia, decían. Defecaban en medio de la calle, hacían el amor en la plaza pública, se masturbaban delante de la gente. ¿Se la pelarán estos tipos en Starbucks?, te preguntas, te sientes tentado a preguntarles, pero nada agregaría a tu búsqueda el sí o el no que te darán como respuesta. Así que eliges de antemano el sí y te decides a vivir la experiencia. Masturbarte en Starbucks: ¡Vaya a lo que has venido a Santiago! ¿Te imaginas el extrañamiento de quien te sorprenda?, ¿el extrañamiento de los carabineros al constatar que la visa de turismo de "el gallo que se masturba en Starbucks" se venció hace tiempo? ¿Te imaginas tu propio extrañamiento? Aun así, vas y te encierras y te la sacudes pensando en esa chica que viste en la portada de la revista Paula. Tenía pintura en la cara y un vestido azul como de papel de seda. Te imaginas abriéndole el vestido como un regalo. Pero eso no consigue despertarte. El invierno que te redujo la ciudad a la imagen de un perro que toma buses por la mañana hasta el mercado y luego se devuelve te ha quitado las ganas.
El dato de los movimientos del perro te lo dio un chico que pasea perros por Lastarria. Tres, cuatro y hasta cinco perros al tiempo. Casi siempre sin correa y los canes se comportan mejor que cualquier gente. Te has propuesto esperarlo. Al perro que toma buses, por supuesto. Te plantas frente al GAM cada mañana, aterido de frío y esperas. Te rompe un poco que aquella maravilla no fuera una eventualidad sino algo cotidiano. Como la de ese caniche que en María Dos Prazeres Gabo hace cruzar semáforos con corrección hasta la tumba futura de su ama. ¿A quién acompañaría este perro al mercado? ¿A alguna anciana ya muerta? Y entonces recuerdas que cuando lo viste él también te miraba, a los ojos, que no es lo mismo, como lo haría cualquier ser humano, y que andaba por la calle auscultando los rostros de la gente como si buscara a alguien. Tras una semana de espera, tu atención se ha desviado hacia los jóvenes que bailan en el GAM. Todos tan entregados a su pasión, despreocupados. Algunos están perdidos del ritmo, pero no tanto como tú en Santiago. Te preguntas si alguien puede seguirle el ritmo a esta urbe que tiembla y a este invierno que se te ha metido en los huesos. Millones, es la respuesta. Y tiene pleno sentido: el extrañamiento trae adosada una máscara de normalidad que la gente acaba por asumir como rostro real. Tal vez se trate solo de cerrar los ojos y abandonarse como los bailarines a una canción.

2.

Tropiezas en tu abandono con varias marchas. En cuatro meses has visto más que en el resto de tu vida. Todas multitudinarias, estruendosas. Te sorprende que salgan tantos a animar intereses tan variados. Tal vez son siempre los mismos, te dices. Es tanto lo que estos gobiernos nos han quitado. Una noche, a la altura de la Biblioteca Nacional, das con una de mujeres. Jamás has visto tantas. Marchando juntas. Gritando en coro. Exigiendo que el aborto sea libre, seguro y gratuito. Concuerdas en que así debe ser. Verlas tan indignadas te resulta conmovedor, pero en cierto modo también frustrante. Quieres sumarte a ellas, participar de su lucha (la sola posibilidad te saca lágrimas), pero aun así decides alejarte. Temes que en medio de la multitud alguna te sorprenda mirándole el culo o las tetas.
Un mediodía te descubres por la periferia. Vas por un estante de libros que viste en una página de ventas. Las casas son todas de un piso y en la mayoría las puertas están abiertas. En los espacios aledaños han improvisado talleres de carpintería o mecánica. Sin mucho pierde das con la dirección. Te recibe un hombre pequeñito y de expresión nostálgica que fuma un cigarrillo tras otro como un condenado. El estante, a pesar de ser de segunda mano, luce bien. Es de madera de pino y tiene números escritos con tiza en el borde de las tablas. El hombre te informa que tenían un almacén. ¿Un almacén?, le preguntas. Un almacén, te responde, señalando hacia la tienda de enfrente. ¿Y qué pasó?, interrogas. No resultó rentable, dice con una voz de tristeza que lo hace parecer más pequeño. Como un consuelo destacas la belleza del sector, la ventaja de tener terraza, el tamaño del cielo. En respuesta él te cuenta que compró esa casa hace veinticinco años, cuando conoció a su mujer, pero que ahora, por los nietos, han decidido dejarla: Buscamos un lugar más tranquilo, ¿cachái?, un lugar para los niños. ¿Y en dónde han pensado?, le preguntas. En Pomaire, responde, justo antes de poner un cigarrillo entre sus labios. Es yendo hacia el mar, explica, cubriendo con las manos la llama del fósforo.
Regresas aliviado de saber que aún hay lugares donde las puertas permanecen siempre abiertas. Cosa que en los grandes edificios no sucede. Ni siquiera en los pequeños. El 91 de la calle Namur no es la excepción. Tiene diez departamentos distribuidos en cuatro pisos y un subterráneo. No hay recepción ni gendarme, solo una anciana malhumorada que administra desde el suyo y en lugar de saludo insiste en preguntarte si cerraste bien la puerta. Ocupas uno en el segundo piso sin saber quién vive arriba o abajo. Aun así, te has hecho una idea a partir de sus ruidos domésticos: escuchas cuando bajan el inodoro, cuando hacen el amor o dejan caer algo y por los olores sabes incluso qué están cocinando.
 Tampoco en el edificio de enfrente parecen conocerse. Lo adviertes una noche en que un llanto te despierta. Aguzas el oído, pero ya no escuchas nada. Empiezas a creer que es cosa de tus sueños cuando descubres la luz de la baliza de los carabineros. Te asomas cuando un tipo desde la ventana de enfrente les dice que “una niña” lloraba a gritos en el departamento de al lado.
El tuyo tiene un bonito piso de madera y un misterio sin resolver: al más breve descuido se llena de pelusas. Dust bunnies les llama tu mujer, lo cual te recuerda a un personaje de cuento que vomita conejos. Los tuyos siguen apareciendo incluso con las ventanas cerradas. La de la sala va de pared a pared, con una puerta de dos hojas al medio que da contra una baranda. La del cuarto amplifica los ruidos de la calle. La del baño da hacia un patio de altos muros en cuyo tope las palomas celebran una interminable fiesta sexual. Los fines de semana te llegan desde alguna parte las notas de un piano. Quienquiera que lo está tocando lo recorre de extremo a extremo, rematando el ejercicio de digitación con una especie de fraseo. Y así por horas. Ininterrumpidamente. Como una provocación. A veces cede lugar a una trompeta y otras a un reproductor en el que ponen piezas de música clásica, nunca Milonga para una niña, Villanuevera o Un vestido y un amor. Entre violines descubres que te ahoga la nostalgia. Mientras, los conejos de polvo siguen en aumento. 

3.

Bajando por San Diego, en un puesto de libros de viejo te encuentras con la poesía chilena. Destacan en los estantes Anguita, Huidobro, Zurita, Sanhueza y, por supuesto, Neruda, Lihn, Parra, De Rokha y Mistral. En la sección de narrativa no ves muchos locales o, si los hay, no logras reconocerlos. Algunos títulos los miras con nostalgia: País de nieve, Las olas, Pregúntale al polvo, Crónicas marcianas, El marino que perdió la gracia del mar. Un libro de Bolaño, Estrella distante, te devuelve a la realidad. ¿Quién podría ser esta ciudad en esos relatos? te preguntas, y entonces te das a la tarea de fabular: ¿Quién podría ser Santiago en La casa de las bellas durmientes?, ¿el viejo Eguchi o las jóvenes narcotizadas? ¿Y en El túnel?, ¿María Iribarne o Juan Pablo Castel? En Crimen y Castigo podría ser la vieja usurera, pero también Raskolnikov. ¿Y en Madame Bovary, el desgraciado de Charles? Reparas en El corazón de las tinieblas, en El Bosque de Abedules, en Meridiano de sangre, en La metamorfosis, en El llano en llamas, en La perla, y al término concluyes que en las grandes novelas, al igual que en la vida, no es posible saber quién lleva la peor parte. En Crónica de una muerte anunciada ya lo tienes más claro: Santiago solo puede ser Santiago y al mismo tiempo sus cuchilleros.
Quizás por ello escuchas a diario tantas sirenas. Parece que se activara una con cada cigarro. Hoy en especial has escuchado cuatro. En la página oficial del cuerpo de bomberos descubres que ese día hubo catorce emergencias. En su mayoría, de “llamado estructural”. Te preguntas qué puede estar pasando, ¿es que acaso Santiago se derrumba en silencio? Al menos otros países se derrumban con estrépito. Te devuelves a la imagen de la ciudad que se arranca sucesivamente a sus cimientos y piensas en los terremotos lentos de Satoshi Ide. Terremotos casi imperceptibles que son la antesala de otros más fuertes. Colocas tu oído contra la pared y al hacerlo recuerdas aquella película en la que el profesor les muestra a sus alumnos las fotos de una antigua promoción. No son tan diferentes a ustedes, les dice el profesor: mismo corte de cabello, llenos de hormonas igual que ustedes, invencibles como se sienten ustedes; con ojos llenos de esperanza, pero tardaron en hacer con sus vidas un poco de lo que eran capaces. Acérquense, les dice. Escuchen su legado. ¿Escuchan?, pregunta. ¿Escuchas?, te preguntas. ¡Carpeee!, susurra el profesor simulando una voz de ultratumba; ¡Carpe dieeeemmm! A ti la pared en cambio no te dice nada.
Esa noche, desde el Parque Forestal, descubres a un grupo de jóvenes bloqueando la avenida. Han sacado las basuras de un contenedor y empiezan a quemarla. En cosa de minutos un helicóptero de los carabineros sobrevuela el sector. Un joven con pasamontañas les hace pistola con las manos, mientras los otros danzan embriagados en torno al fuego que crece ¿La Horda Mística del Bosque? ¿Individualistas Tendiendo a lo Salvaje? Carros y buses aguardan a distancia. Acuden a la escena una patrulla y dos tanquetas. Ves sombras correr entre los árboles. En twitter una mujer habla de bombas molotov. Tú escribes en la pestaña de youtube “vándalos parque forestal” y ¡vaya sorpresa! ¡Ahí están los perros de nuevo! En el primer video uno de color negro y otro amarillo leonado destrozan una fuente. Son como un haitiano y un mapuche tomando todo eso que les han negado. Inician desprendiendo el surtidor y ladrándole al agua. Después arrancan con los dientes los cables de las lámparas. El video te lleva a otro en el que una jauría arremete a dentelladas contra los vehículos en un semáforo en Antofagasta. Pero nada de los jóvenes vándalos. En el 98.1 el locutor informa de dos accidentes de carretera y una nota preventiva advierte sobre el riesgo de apagar los incendios de parafina con agua. El calor de la nota te traslada al desierto. Has estado un par de veces en él y es algo que no se olvida. Rescatas esa aridez que va del mar a las montañas y piensas en una mantis religiosa que estuvo cinco días con sus noches pegada al angeo de tu ventana. ¿Qué diablos está pasando?, preguntas. ¿A qué todo este aire de final?
De súbito unos árboles pequeñitos se han llenado de flores. ¡Blossom!, exclama con una sonrisa tu mujer. Tal vez solo se trate del final del invierno.

Santiago de Chile, septiembre de 2018

Imágenes: 1. Santiago de Chile, Sergio Larraín 1963 | 2 Marcha en Santiago de Chile 2019 vía twitter

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