Entrevista a Fernando Guzzoni, director chileno

Presentando la historia de una persona que padece una culpa profunda, Carne de perro muestra el pasado de la sociedad chilena. La película trata sobre Alejandro, un torturador de la era de Pinochet. El director del film, Fernando Guzzoni, explica en esta entrevista que le echa luz a este tema incómodo precisamente porque quiere entenderlo. 

Por 
Rebecka Bülow
[Especial para RevistaCorónica, traducción de Alejandro Carpio]

El director y guionista Fernando Guzzoni ganó el Premio Internacional Ingmar Bergman por su cinta Carne de perro (Chile 2012); fue invitado, por lo tanto, al festival Bergman Week en la isla sueca de Fårö. Luego de presentar su cinta en el cine campestre Sudersandsbiografen, construido en los predios de una vieja finca, el joven director (1983) contesta una sesión de preguntas y respuestas.
A medida que el público sale, continuamos conversando afuera, sentados en la grama. Carne de perro es una expresión chilena que se refiere a cargar el peso de una culpa inmensa. Guzzoni filmó una película ambientada en el presente, pero que refleja un pasado oscuro.
“Para mí, este personaje representa el fracaso humano: nos recuerda que unos chilenos asesinaron a otros chilenos”.
Guzzoni se refiere al personaje principal de la película, Alejandro (interpretado por Alejandro Goic, de No, Gringuito), quien trabajó como torturador bajo el régimen militar de Pinochet. La cámara sigue a Alejandro mientras atraviesa días permeados de perturbación y soledad. Solo encuentra sosiego en compañía del perro que vive en su patio; con todo, su pasado nubla su única amistad y provoca un comportamiento que no solo es horrible para el perro, sino que inquieta al mismo Alejandro. Guzzoni comenta que se le hace difícil entender la manera en que las personas como Alejandro viven su vida hoy.
“Lo que me motivó a dirigir esta película fue la curiosidad de conocer quiénes son estas personas hoy en día. Fueron parte del establishment político. Hicieron un trabajo sucio. Cuando Chile volvió a la democracia, no tuvieron más espacio en la sociedad”, comenta Guzzoni arrancando el césped con sus dedos.
“¿Cómo se siente vivir con un pasado tan pesado y oscuro? He hablado con un abogado especialista en derechos humanos y con personas como Alejandro. Los entrevisté para saber más de sus vidas”.
Como parte de su investigación, Guzzoni visitó un grupo de veteranos que se reúnen mensualmente. No les dijo que estaba por filmar una película, sino que buscaba información para otro proyecto. Recuerda que a los veteranos que trabajaron para Pinochet no se les ha formulado ningún cargo y que viven como cualquier civil. Así como el film no muestra el pasado y se limita a reflejarlo, Guzzoni no tuvo que preguntarles a los veteranos sobre sus historiales.
“No tuve que hacerlo porque sus vidas eran espejos verídicos de su pasado; sus vidas estaban devastadas completamente”, dice.
“Y poco a poco empezaron a contarme sus historias. Se me hizo difícil escucharlos porque a menudo me daban ganas de pegarles. Pero entendí que eran parte de mi investigación, así que intenté ver las cosas desde su punto de vista: ver dramas personales, humanos”, dice Guzzoni con mucha seriedad. Su manera de trabajar con la cámara guarda relación con esto y explica:
“Intenté que el público sintiera que la cámara era parte de él (Alejandro). Quise crear la sensación de que lo que ves en la pantalla es lo que ve el personaje. Una sensación de claustrofobia permanente”.
Guzzoni alcanza esto utilizando tiros en primer plano y focos cerrados. Otro método efectivo que encontró para provocar emociones y narrar su historia fue asegurarse de que continuamente hubiese agua en las escenas. Una vez tras otra vemos a Alejandro en la ducha, en la piscina, echando agua en un fregadero...
“Tiene que ver con que el personaje principal desea limpiar su culpa”, explica Guzzoni y describe cómo el agua al principio se usa para lavar, aunque luego cobra un significado más obvio cuando Alejandro busca salvación en la iglesia evangélica. Alejandro se lanza desesperadamente al océano en una suerte de bautismo.
La entrada de este personaje a la iglesia evangélica se añadió al libreto como resultado de la investigación de Guzzoni.
“Descubrí que muchas de estas personas se encontraban dentro de la iglesia evangélica. Uno de ellos, de hecho, se había convertido en pastor”, dice. “Te reciben sin importar si eres un asesino o lo que sea, por lo que la persona encuentra en este espacio un ambiente en donde puede vivir”.
Guzzoni deja claro que con este punto no intenta criticar la iglesia. Sin embargo, hay algo que escuchó dentro de esta que aún no puede olvidar.
“Hay un dicho chileno (un axioma) que dice Ni perdón, ni olvido; eso lo decimos por respeto a las víctimas de la dictadura. Pero en una escena de la película dicen Sí al perdón, sí al olvido y esto realmente lo escuché en una iglesia evangélica. Fue muy fuerte y contradictorio escuchar la frase dada vuelta de esta forma”.
En la película alguien balbucea que “un chileno es un chileno”, siempre dispuesto a esconder cosas bajo la alfombra. Guzzoni entiende que en su país natal la gente no discute el tema de la dictadura como hace falta. Con todo, desde 2006 un movimiento liderado por estudiantes se ha estado manifestando con contra de la injusticia social y del sistema legal chileno, que le parece antidemocrático (recordemos que se basa en la Constitución de 1980, escrita bajo Pinochet, y que indica, por ejemplo, que un ciudadano puede ser juzgado bajo un tribunal militar). ¿Acaso la nueva generación chilena está levantando la alfombra?
“Me parece que esta cosa de disimular el sucio escondiéndolo bajo la alfombra es algo de la generación anterior. La nueva es más abierta, más crítica, más reflexiva... ya no desea esconder la verdad. Creo que está ocurriendo un cambio generacional importante”, dice Guzzoni, ahora con más esperanza en la voz. Comoquiera, insiste en que su film le resulta “incómodo” a la sociedad chilena y pasa a compararlo con No, de Pablo Larraín, nominada al Óscar el año pasado.
“Ver el cáncer propio, la fractura propia, duele enormemente. Una película como No  es más cómoda porque consta de elementos que la hacen más llevadera”.
Carne de perro no es de esas películas que intentan ser llevaderas. Quiere comprender. Guzzoni pertenece a la nueva generación de Chile; la generación que levanta la alfombra y enseña el mugre escondido.



Trasfondo — la dictadura militar chilena 1973-1988 
El ejército, dirigido por Augusto Pinochet, sostuvo el poder en Chile a partir del golpe de 1973, cuando el palacio presidencial fue bombardeado y el presidente Salvador Allende asesinado. En 1988, Pinochet les permitió elegir a los chilenos, mediante voto, si querían mantenerlo en el poder (la película No recrea estas elecciones). Bajo la dictadura militar, aproximadamente 38,000 personas fueron encarceladas y torturadas. Se reportan más de 3,000 muertos o desaparecidos.

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