San Benito Abad: entre lo popular y lo sagrado

Por Juan Camilo Díaz Moya


Paisaje. Una larga fila rodea la plaza principal del pueblo de San Benito Abad en el departamento de Sucre. Sobre las cabezas de los feligreses hay sombrillas, sombreros “vueltiaos” y otros en forma de cono que parecen traídos de la China y cubren todo el rostro de las personas. Algunos, que llegaron menos preparados, utilizan cualquier manta o camiseta para cubrirse del sol y unas hojas de “mataratón” para refrescarse. La fila corre lentamente y cuando llega a la Basílica su recorrido se vuelve aún más cansino y extenuante, la gente se entretiene con sus propias historias, observa los feligreses, compra algún recuerdo o un pedazo de patilla para la sed.
Amaury avanza lentamente al ritmo de la fila. Sobre su cabeza lleva una pava color mostaza que lo protege del sol y en su camisa ya comienzan a dibujarse las marcas del sudor. En sus manos, como en las de los demás feligreses, lleva un pedazo de algodón que va a sobar en los pies del “Negrito de la Villa”, como se conoce popularmente al Cristo Negro de la Villa de San Benito Abad. Sobar o frotar al Cristo con el algodón es la tradición más antigua que se tiene alrededor de la imagen del milagroso, es un rito para aquellos que lo visitan y creen en él. Luego de frotarlo, el algodón se reparte entre los familiares y se guarda en aquellos lugares que necesitan ser bendecidos y protegidos con la presencia del “Negrito”.

En la plaza, dos mujeres morenas cortan, exprimen y pican hielo a una velocidad increíble; preparan jugos de naranja para la sed, mientras sus rostros se llenan de sudor.  Todos en la fila se provocan de un jugo, todos quieren refrescarse. Algunos hombres y mujeres pasan regalando llaveros, tarjetas y hasta comida. A la entrada de la Basílica, una pareja joven prepara sándwiches para los participantes de la procesión. La gente murmura que están pagando una promesa y que su labor solo se terminará cuando logren darle de comer a la larga fila que aún espera por entrar. La arquitectura gótica de la iglesia, sus muros blancos, viejos y derrumbados; sus rejas oxidadas y gárgolas caídas se mezclan con las hamacas de colores y las esteras de los feligreses que durmieron desde la noche anterior en las terrazas y pasillos de las casas del pueblo.
 Un viaje musical.  Como si fuera un ritmo sonoro del caribe colombiano, los comentarios sobre los milagros del Cristo de la Villa se escuchan en toda la región. Amaury realiza el viaje a San Benito desde hace 10 años; junto a él van dos de sus hijos, sus hermanos, su cuñada y nuero. Vienen desde Montería, en Córdoba. De allí salieron a las 4 de la mañana para tomar la carretera que conduce a Sincelejo y hacer un recorrido por los pueblos sabaneros.

Dejaron Montería con su olor a ganado, sus campanos y el esplendor del río Sinú para llegar a Cereté, antiguamente la tierra del “Oro Blanco” y las tradicionales Fiestas en Corraleja de la Virgen de la Candelaria en febrero. Del algodón ya no queda nada; la ganadería extensiva ya no permite su cultivo y es muy raro encontrar un campo repleto de copos blancos por el camino. Las fiestas, aunque continúan, ya no se realizan con toros; se baila y se reza en torno a la Virgen, la religiosidad y la cultura popular propia de los pueblos del Sinú; pero ya no se arman las tradicionales corralejas.
Después de Cereté, el recorrido pasa por Ciénaga de Oro y sus sabores del porro, la tierra del cantautor “Pablito Flórez”, un lugar musical y cultural que mezcla sus sonidos con aquel “Guayabo de la Ye”, allí donde los caminos se bifurcan y las muchachas se ponen tristes. La música aparece siempre en todo. Darío, el hermano de Amaury, es el encargado de darle “play” a su memoria y acompañar al chofer en el puesto delantero; en su memoria digital y en la de él se reproducen miles de canciones, compositores y ritmos.

De repente su voz ronca pregunta:  - Oiga caballero! ¿quién me dice el nombre del compositor y el título de esa canción?   Desde una de las sillas de atrás, una voz menos caribeña contesta: - Tío el compositor es Iván Ovalle y la canción se llama “Volver a la Ternura”. Responde Juancho, el hijo de Amaury.  - ¡Sí señor, ese es el tipo!, replica el Tío Darío desde su privilegiado puesto de co-piloto.
 Más tarde, en el retorno, todos se sabrán las canciones, los compositores y el ritmo musical. Y todos, sin excepción le dirán al conductor que le baje el volumen a la música. Esa mezcla de alegría y picardía costeña se refleja en todas las acciones de los habitantes del Caribe Colombiano y, por supuesto, en aquellos que como las hicoteas, viven en las riberas de las ciénagas y los ríos Magdalena, Sinú y San Jorge.
 Después de “La Ye”, el camino conduce hacia Sahagún y, aunque Amaury y su familia no vienen emparrandados, el ambiente dentro de la buseta es alegre; en medio de las anécdotas y los chistes, el viaje se hace más corto y los lazos de unión se tejen de manera más profunda. Llegando a Sampués se comienza a sentir el olor a madera y calabazos, en las terrazas de las casas se exhiben artesanías y muebles de madera hechos a mano. En Sampués el bus ha entrado a Sucre y se desvía por una carretera que parece ponerse cada vez más áspera y polvorienta. A un lado de la vía un letrero verde anuncia la dirección que se debe seguir hacia la Villa de San Benito Abad. Atrás quedaron las pequeñas poblaciones y se comienzan a ver los paisajes propios de la sabana, grandes extensiones de tierras planas y un horizonte azul que se pierde en la lejanía. Van tres horas de viaje, son las 7 de la mañana y los feligreses apenas están comenzando la entrada a la Villa de San Benito Abad. Flotas, colectivos, busetas, vehículos particulares van dejando una estela de tierra amarilla en el aire.
*

Convulsiones, promesas y peajes. En 1962, Amaury vino por primera vez a la Basílica. Según recuerda él lo trajo su “Santa madre” y su tía, las difuntas Temilda Dueñas y Dellanira Dueñas.  Vinieron a pagar una “manda” que la “niña Temi” había ofrecido en beneficio de su salud. Amaury sufría desde muy pequeño de unas extrañas convulsiones y en medio de la confusión y del amor de madre, Temilda decidió emprender el camino hacia donde “El negrito milagroso”.

Salieron en una caravana de veinte buses desde el popular barrio La Granja en Montería. En ese tiempo la vía no era igual que la de ahora y los buses estaban hechos de madera, lo cual hacia que el viaje fuera aún más largo. Las carreteras eran más estrechas y había poca sedimentación de balastro; el cuerpo sentía lo incomodo y mal tratante del viaje cada vez que el bus pasaba por alguna trocha. El clima tampoco era el mismo, a veces llovía y en otras ocasiones el verano era muy fuerte. Si sucedía lo primero, las posibilidades para que el bus se quedara atascado en la vía eran muy altas; si sucedía lo segundo, el polvo de la carretera cubría los rostros de los viajeros.

Igual que ahora, esa primera vez que viajó Amaury hasta la villa era verano. Salieron desde Montería a las 11 de la mañana y llegaron a la 1 de la madrugada del día siguiente. No pudieron dormir en un hotel; el pueblo no contaba, ni cuenta hoy en día, con hoteles. Por eso es normal encontrar gente durmiendo en los corredores de las casas, en la plaza principal o en hamacas colgadas de las viejas columnas de la iglesia.

En la mañana participaron en la programación religiosa de la iglesia. En el patio de alguna de las casas del pueblo se reunieron con los demás feligreses y asistieron a la celebración de la misa. Animados por los cantos, la música y el inusual libreto de la eucaristía que se desarrollaba y se desarrolla actualmente con el fervor popular, el gozo, el dolor y la aclamación de los visitantes; pagaron su “manda”. La cual, cuenta Amaury, consistía en entregar a los curas una cantidad determinada de dinero que habían recogido previamente con toda la familia, con el objetivo de que ellos, supuestamente, la invirtieran en obras sociales. Sin importar lo que hubiera sucedido con el dinero, su salud había mejorado y desde aquella visita dejó de sentir las convulsiones; por eso viene cada año, prepara su viaje desde Bogotá en septiembre y reúne cuarenta mercados que reparte a las personas que se ubican a lado y lado de la carretera destapada que conduce a la Villa de San Benito Abad.

El camino se empieza a llenar de gente y peajes improvisados. La vía tiene algunos lugares destapados y otros que comienzan a ser asfaltados bajo la promesa de algún político en busca de votos. Una romería va hacia la Villa y otra espera en la carretera, los niños colocan cuerdas de un lado al otro de la vía; el conductor se detiene, baja la ventana y les entrega un dulce; algunos sonríen y otros hacen cara de desilusión porque esperaban alguna moneda. El ambiente se torna un poco más convulsivo y emocional; ya no suena la música ni se escuchan los chistes. Al borde de la vía hay mujeres embarazadas que esperan un mercado para su hijo que viene en camino y para los otros cuatro que cogidos de la mano esperan a que la buseta se detenga.

Juan, uno de los hijos de Amaury, piensa y comenta lo contradictorio de la situación: al borde del camino se siente el hambre y la pobreza de las personas que han sido desplazadas de sus tierras; detrás de ellas se extiende la planicie de la sabana y de sus terrenos aptos para sembrar el maíz, las hortalizas, el arroz, etc., pero que actualmente son utilizadas para alimentar cabezas de ganado. Acá, en estas tierras de la Mojana sucreña, ni el Milagroso de la villa pudo detener la violencia y la pobreza.

Santos, leyendas y horquetas. Es la una de la tarde y el sol quema. La villa de San Benito Abad es una hoguera y el único lugar fresco es la iglesia. En la plaza del pueblo se venden libros con la historia del Cristo de San Benito o de Tacasuán, así mismo, en la iglesia reposan unos muros enormes con una inscripción que cuenta que la imagen fue traída desde la Villa de San Benito en España por unos curas en la época de la colonia; luego, a mediados del siglo XX, sus milagros fueron avalados por la curía romana.

Sin embargo, en la cultura popular de sus habitantes se cuenta otra versión, recogida en la obra del sociólogo colombiano Orlando Fals Borda: Historia doble de la Costa: Resistencia en el San Jorge, afirma que tres hombres llegaron a la región y se hospedaron en una sola habitación durante tres días. Solo se escuchaba el golpe de los martillos sobre la madera, nunca se vio salir a los tres hombres, no comían, no bebían, no dormían. Al cuarto día todo fue silencio y ante la forma misteriosa como habían llegado, los habitantes del pueblo decidieron romper la cerradura y entrar a la fuerza a la habitación. Cuando entraron se encontraron con tres cajones que contenían tres cristos de madera que fueron repartidos por toda la región; el blanco fue a dar a Mompox. Al negro lo llevaron a la Villa de San Benito Abad y el tercero fue a dar a Zaragoza, pero cuando llegó, un loco le quito uno de sus brazos. Los habitantes del pueblo reemplazaron con una astilla de madera de maquenque el brazo y desde entonces el cristo de Zaragoza emana, en ocasiones, sangre por su herida.

Son casi las 2 de la tarde y en el interior de la iglesia la gente comienza a gritar:
- Bajen al negro!”, “bajen al negrito!”.
- Se vive, se siente. ¡El Negro está presente!

En la mitad de la iglesia, un grupo de hombres empieza a bajar con cuerdas el Cristo de madera, poco a poco lo van dejando caer. Abajo, otro grupo de hombres se pelea por llevarlo en hombros. La gente en la iglesia aplaude, grita y se emociona. La salida del Cristo de la Villa por las calles de San Benito Abad es todo un acontecimiento. En el transcurso de la procesión, los “Picó” de las casetas y los billares cambian las champetas y los vallenatos por una pista musical que mezcla los ritmos sonoros del Caribe con la religiosidad del momento.

Durante el recorrido dos hombres con horquetas van levantando los cables de electricidad para permitir el paso de la imagen. Amaury y su familia estuvieron en la Basílica, frotaron el algodón en los pies del Negrito de la villa y ahora hacen parte de la multitud que se agolpa detrás del Cristo. Nuevamente un paisaje de sombrillas y sombreros adorna el paso de los feligreses; algunos llevan sus niños sobre los hombros durante todo el camino y otros empuñan un mazo de velas encendidas. La procesión es un largo y extenuante camino bajo el sol, se camina como si no se fuera a llegar nunca a la ciénaga. Mientras el cristo se balancea de un lado para otro al vaivén de los pasos de quienes lo llevan en hombros, los niños de la región se montan sobre la imagen y le arrojan agua para refrescarlo. La escena contrasta con la de aquellas personas que van caminando descalzos, otros de espaldas y algunos arrodillados.

El recorrido dura aproximadamente dos horas, la imagen del Cristo de la Villa es llevada por los propios pobladores de la región. En la procesión no participa nadie de la curia; es un acontecimiento de cultura popular; no hay cantos religiosos ni oraciones; lo que se escucha es un bombardino y unos platillos que entonan aires sabaneros como el porro. De las tiendas y casetas de cerveza salen hombres que levantan su mano derecha en señal de respeto al Cristo, mientras con la otra sostienen una botella de ron. Después de dos horas y una temperatura que ha alcanzado los cuarenta grados, el Cristo ha llegado a la Ciénaga; en algún momento lo debieron subir en canoas y ofrecer un recorrido como agradecimiento a las buenas épocas de pesca y agricultura. Los mismos hombres que lo llevaron hasta allí, dan la vuelta y lo llevan de regreso a la iglesia, nunca se ha perdido nada del Cristo, nunca lo han dejado caer o enredar con algunos de los cables de electricidad; para eso están las arcaicas horquetas, para levantar los cables.

Amaury y su familia retornan lentamente, caminan las calles del pueblo, compran un queso y se toman un refresco para la sed. Comienzan a buscar la buseta que los trajo. El camino de vuelta será ahora una procesión de carros que se dirigen a diferentes partes del Caribe colombiano: Barranquilla, Cartagena, Santa Marta y hasta La Guajira. Después de la procesión San Benito volverá a la normalidad; los corredores de las casas ya no servirán como habitaciones improvisadas; las columnas de la iglesia dejarán de sostener las hamacas y los patios ya no servirán más como baños.

Es hora de recoger las casetas de carne a la llanera, los juegos improvisados, los ventorrillos de comidas rápidas y los recuerdos que no se vendieron. Es hora de encender nuevamente Los “Picó”. Es lunes 14 de septiembre, un día normal en cualquier otro pueblo, ciudad o región, pero para los habitantes de “La Villa” es un día de fiesta porque su “Negrito” ha salido; eso es lo lindo del Cristo de la Villa. Allí nadie llora, ni grita, todos los que asisten lo hacen con alegría y sienten que su visita es más una manifestación festiva de esa cultura popular que siempre los congrega en bailes, fandangos, corralejas, entierros o procesiones. En la carretera aún hay mujeres paradas con sus hijos esperando algún regalo o mercado, en estas tierras de santos y leyendas la abundancia nunca falta. El problema es que toda queda en pocas manos, una mujer con cinco hijos y un solo hombre con cinco haciendas.

Fotos: Juan Camilo Díaz

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